Europa en un mundo con múltiples alineamientos

 

Véronique Chabourine

vchabourine@email.com

La rivalidad entre China y Estados Unidos, a menudo descrita como una nueva guerra fría, se ha convertido en la lente a través de la cual muchos observan las dinámicas de poder a nivel mundial. Pero este enfoque limitado no tiene en cuenta a aquellos países que se niegan a elegir entre China y Estados Unidos.

Tomemos como ejemplo la estrategia de política exterior de la India. En tan solo unos días, se ha informado de que la India y Rusia han creado una infraestructura de pagos en rupias y rublos a través de la cual liquidan ahora el 96 % de su comercio bilateral, y de que la India y Francia están ampliando su colaboración en materia de defensa.

Por esas mismas fechas, surgieron informes de que la India ha retrasado la integración de su Interfaz Unificada de Pagos con una plataforma vinculada a China, debido a preocupaciones relacionadas con los datos y la seguridad.

Estas decisiones reflejan una transformación más profunda: un número creciente de países está apostando por la «multialineación».

La selección de socios en función de sus funciones pone en tela de juicio el concepto de poder organizado en torno a polos rivales. Ahora que los gobiernos combinan múltiples formas de cooperación, la competencia internacional se centra tanto en el atractivo de las capacidades que los países pueden ofrecer como en el control de los puntos estratégicos.

Europa, sin embargo, sigue estando muy expuesta a EE. UU. y a China: en 2024, más de la mitad de sus importaciones de alta tecnología procedían de China (30 %) y de EE. UU. (23 %).

A medida que otros gobiernos diversifican sus alianzas, ya no basta con limitarse a reducir las vulnerabilidades europeas dentro de la arquitectura existente.

Tampoco es una estrategia viable convertirse en un tercer polo entre EE. UU. y China, ya que implicaría definir el poder europeo en relación con un orden bipolar del que una parte cada vez mayor de los países del mundo está tratando de escapar.

La influencia global de EE. UU. y China se deriva de su papel central en las principales redes comerciales, financieras y tecnológicas.

Para Europa, el reto consiste en crear nuevas estructuras de interdependencia más allá del eje EE. UU.-China que aprovechen sus puntos fuertes, como su gran mercado y su poder regulador.

La Unión Europea ya ha comenzado a avanzar en esta dirección a través de sus alianzas digitales con Japón y Corea del Sur —que abarcan, en particular, los semiconductores—, así como a través de sus alianzas estratégicas en materia de materias primas críticas con Chile, la República Democrática del Congo, Namibia y Kazajistán.

Pero diversificar las alianzas no basta para crear centralidad. Una dependencia reviste importancia estratégica cuando impulsa una red. Con ASML, el principal proveedor mundial de sistemas avanzados de litografía, Europa ya cuenta con uno de los insumos más difíciles de sustituir en la industria mundial de los semiconductores.

Además, están surgiendo otros nodos críticos que podrían generar una influencia desproporcionada sobre varias cadenas de valor en ámbitos como la capacidad de cálculo, los semiconductores de próxima generación, las tecnologías cuánticas, la infraestructura digital segura, el procesamiento de materias primas críticas y los sistemas energéticos modernos.

Europa debe orientar sus tecnologías, infraestructuras, normas, financiación, competencias y conocimientos técnicos industriales hacia el desarrollo de estas capacidades.

Sin embargo, el objetivo debe ser la interdependencia. En esta competencia, la cantidad de recursos movilizados importa menos que si el continente es capaz de desarrollar la capacidad necesaria para ampliar y mantener el margen de maniobra de sus socios.

Para poner en práctica este principio, la UE podría establecer una «evaluación de la interdependencia neta» para sus asociaciones más importantes desde el punto de vista estructural.

Utilizando los trabajos de la OCDE y del Banco Mundial sobre la calidad de la inversión, así como las herramientas europeas para analizar la resiliencia y las dependencias estratégicas, la evaluación mediría las capacidades que se están creando: valor añadido local, transferencias de tecnología, desarrollo de competencias, diversificación de proveedores y mayor resiliencia.

Estos aspectos se sopesarían frente a las vulnerabilidades generadas: concentración de dependencias, costes de salida, asimetrías de gobernanza, riesgos de insostenibilidad financiera y exposición a la coacción.

Estas evaluaciones no constituirían una nueva forma de condicionalidad europea. Más bien, se llevarían a cabo antes de la firma de los acuerdos y se actualizarían durante su aplicación, basándose en un número limitado de indicadores definidos de antemano con el socio de la UE, lo que permitiría evaluar el efecto de la asociación en ambas partes.

El objetivo sería una interdependencia equilibrada, en la que las capacidades que la asociación genera para ambas partes superen a las vulnerabilidades que genera, y sin que unos costes de salida excesivos mantengan a ninguna de las partes en una situación de cautiverio.

En lugar de convertirse en un tercer polo en el orden bipolar existente, Europa podría ocupar una posición central en una nueva arquitectura de interdependencia basada en la elección, no en la coacción.

En un mundo de alineamientos múltiples, en el que los países se centran en reforzar la soberanía, el poder duradero pertenecerá a quienes den prioridad a una asociación genuina frente a la dominación.

 



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