Nicolás Maduro César Pérez César Pérez La larga y oscura noche de Venezuela
Sobre la captura de Nicolás
Maduro en la noche del 3 de enero por un grupo militar élite de los EE. UU.,
muchas son las hipótesis sobre qué permitió que fuera una operación quirúrgica,
en extremo puntual y precisa, sin una reacción del núcleo duro del régimen que
se correspondiese con la gravedad de una acción de esa magnitud.
En su suelo y contra su
presidente. Se habla de traición y de que esta fue pactada. Pero está claro que
con esta operación horrenda y execrable el grupo Trump da un paso más en su
estrategia política de desprecio a toda regla para imponer sus designios y que,
a pesar del golpe, el régimen no ha colapsado.
La estrategia de los grupos
tecnológicos, industriales y financieros que se expresan/guían en la política
de Trump, desprecian los principales organismos multilaterales que se fundaron
en los primeros años después de la Segunda Guerra Mundial. No les sirven en
este escenario geo-económico y de geopolítica que ha emergido con una China
poderosa volcada hacia el mundo.
No le sirven a este último
país, como tampoco a la Rusia de Putin. En tanto grandes potencias prefieren
negociar entre ellos de manera puntual en determinados conflictos.
Eso significa que estamos en
un mundo sin regla alguna y las grandes potencias gozan de absoluta
discrecionalidad para imponer las suyas.
Al grupo hegemónico en la
cúpula del poder venezolano el invasor le ha impuesto una negociación directa
porque es necesario en esta etapa para “normalizar” su control sobre país.
Pero el referido grupo tiene
que negociar entre ellos sus cuotas de poder y el mantenimiento de sus ingentes
intereses derivados del saqueo de los bienes públicos, no solamente de PDVSA,
perverso objeto del deseo de las grandes compañías norteamericanas, sino de las
principales fuentes su enriquecimiento durante más de dos décadas.
La cuestión es cómo cambiar
las redes estructuradas por esos grupos para el negocio de los hidrocarburos.
Eso no se modifica de un día para otro y sin el concurso de las partes
involucradas.
Los poderes centralizados en
una estructura partidaria y burocrática no colapsan de manera abrupta ni mucho
menos completa. Las redes de intermediación que establecen los grupos al frente
de esas estructuras con la población son extremadamente extensas y potentes, se
convierten en parte de la cultura política con continuidad en espacio y tiempo
con el nuevo régimen.
Quizás ahí radica la razón de
la opción de EE. UU, al descartar la oposición como sustituto inmediato del
madurismo y hacerla con la cúpula cívico-militar e ir eliminando selectivamente
a quienes no se avengan al nuevo orden.
Finalmente, quien ordenó la
intervención lo eligió más de 60 millones personas y goza de la simpatía de
millones fuera de su país, jefes de Estado, figuras políticas relevantes y de
una internacional de derecha.
En ese sentido, la tragedia de
Venezuela no es un simple episodio, es una nuestra del mundo que se está
construyendo. Ante ese despropósito, lo único política y moralmente válido es
la exigencia de que la transición plantada sea fundamentalmente entre venezolanos
y para establecer un sistema realmente democrático.

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