La amenaza de borrar una civilización
Juan Arturo Silvestre S.
Cuando el presidente de
Estados Unidos, Donald Trump, afirmó que "toda una civilización podría
morir" en Irán, elevó el tono de una crisis geopolítica y cruzó un umbral
simbólico inquietante. La amenaza no era a un gobierno, ni a un ejército, ni
siquiera a un régimen, sino a una civilización.
Irán es un Estado
contemporáneo, pero también el heredero de una de las tradiciones políticas más
antiguas y sofisticadas de la historia: la civilización persa.
Aquella que, siglos antes de
Roma, ya había entendido que gobernar era administrar la diversidad, no
uniformar. Como recuerda el legado de Ciro el Grande, el imperio persa organizó
vastos territorios en satrapías, respetó lenguas, religiones y costumbres, y
construyó una forma de poder que no se basaba únicamente en la imposición, sino
en la integración.
Esa herencia no es
arqueología. Es una idea política viva: la de que un Estado puede ser fuerte
sin ser homogéneo, y legítimo sin ser opresivo.
Por eso, cuando se habla de
"borrar" Irán, se está evocando algo más que la destrucción de
infraestructuras o la derrota militar de un adversario. Se está insinuando la
aniquilación de una continuidad histórica que ha sobrevivido a imperios, invasiones
y revoluciones. Es un lenguaje que importa, que no apunta al presente sino a la
memoria.
Como advierten algunos
análisis recientes, cuando el exterminio de una civilización puede decirse en
voz alta -y sin consecuencias inmediatas- algo se rompe en el espacio público.
La violencia no comienza con los misiles, sino con las palabras que la hacen
imaginable, aceptable, incluso justificable.
En este caso, además, las
palabras se producen en medio de una guerra real, con bombardeos, bloqueos y
amenazas crecientes en el estrecho de Ormuz, una arteria clave del comercio
global. La retórica y la acción se retroalimentan y una legitima a la otra. No
obstante, hay un riesgo mayor, más profundo.
Cuando una potencia global
adopta el lenguaje de la destrucción total, introduce una lógica que la
historia conoce demasiado bien: la del enemigo absoluto, noción que invalida
cualquier límite.
La distinción entre objetivos
militares y civiles se vuelve difusa; la infraestructura se convierte en blanco
legítimo; la población deja de ser sujeto y pasa a ser daño colateral. Es, en
esencia, la negación misma de la idea de civilización.
Aquí reside la paradoja más
inquietante. Amenazar con borrar una civilización es, en sí mismo, un acto de
barbarie que ya ha ocurrido en el plano del discurso. Hay fronteras que, una
vez cruzadas, no se desandan fácilmente.
Irán, como antes Persia, ha
sobrevivido a la caída de imperios que se creían eternos. Probablemente
sobrevivirá también a esta crisis. Pero el verdadero daño puede no estar allí,
sino en otro lugar menos visible, como es la normalización de un lenguaje que
convierte lo impensable en opción política. Desde esa perspectiva, la
civilización amenazada deja de ser solo la iraní.
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