La EDD en República Dominicana: una herida a la dignidad magisterial
Por: Licda. Ireni A. Sierra P.
Evaluar el desempeño docente
es un acto necesario, legítimo y fundamental para el desarrollo del sistema
educativo. Lo que carece de legitimidad es ejecutar un proceso mediante
instrumentos estandarizados desde escritorios técnicos que desconocen la compleja
realidad de las aulas dominicanas.
La Evaluación del Desempeño
Docente (EDD) aplicada recientemente no midió competencias pedagógicas; midió
la capacidad de resistencia del magisterio ante un proceso metodológicamente
deficiente, administrativamente injusto y humanamente irrespetuoso.
La evaluación de la práctica
áulica y la planificación curricular quedaron bajo la responsabilidad de
técnicos evaluadores que, en muchos casos, mostraron criterios inconsistentes,
ya fuera por presiones institucionales o por un evidente desconocimiento del
propio instrumento.
Es inaceptable que
profesionales de trayectoria probada hayan sido calificados de forma
arbitraria, sin una verificación real y contextualizada de su desempeño. Eso no
es evaluación científica; es subjetividad con sello oficial.
Por otro lado, la fase de
pruebas escritas constituyó otro grave desacierto metodológico.
La carga excesiva de
reactivos y la extensión desproporcionada de los ítems provocaron un desgaste
físico, cognitivo y emocional que invalida cualquier métrica psicométrica. Un
principio básico de la evaluación educativa es claro: un instrumento que induce
al agotamiento extremo no mide conocimientos ni aptitudes, mide tolerancia al
estrés.
Evaluar bajo estas
condiciones genera un sesgo discriminatorio inmediato, especialmente para
aquellos docentes con situaciones de salud preexistentes. La resistencia física
no puede seguir siendo el criterio para juzgar la idoneidad de un maestro.
Como defensora de la
evaluación formativa, suelo aplicar un principio básico en el aula: si un
estudiante demuestra excelencia y compromiso durante todo el año, pero por
factores externos o emocionales flaquea en una prueba estandarizada terminal,
no se le etiqueta como un fracaso; se valora su proceso evolutivo integral.
Esa misma justicia
pedagógica es la que el Ministerio de Educación (MINERD) le ha negado al
magisterio nacional al reducir años de entrega a la fría rigidez de un
instrumento mal diseñado.
Los docentes de este país no
tememos a la evaluación; exigimos rendición de cuentas basada en la justicia.
Es imperativo demandar instrumentos contextualizados, evaluadores con alta
cualificación técnica y un proceso que nos dignifique como los profesionales
estratégicos que somos.
Lamentablemente, el daño
moral ya está hecho, y solo queda esperar que las instancias correspondientes
escuchen el reclamo de un sector que exige una justicia real, no una simulación
administrativa. La vocación no se cuantifica con cuestionarios interminables.
La percepción generalizada
en los centros educativos es de un profundo desdén hacia el cuerpo magisterial.
Al proyectar una imagen distorsionada del docente, se contamina la percepción
social de la educación, un fenómeno altamente nocivo para el relevo generacional
y el futuro del país. La dignidad del magisterio dominicano no es negociable.
“Sin educación el pueblo
perece”.
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