Elías Piña: la frontera también puede producir futuro
La productividad de Elías Piña no debe medirse solo por lo que le falta, sino por lo que puede organizar: tierra, café, habichuela, aguacate, miel, comercio fronterizo y una logística moderna que incluya a su gente
En Elías Piña se confirma una verdad que el país debe mirar con
más respeto: hay provincias que no piden lástima, piden oportunidades. Cuando
uno llega a la frontera y escucha a su gente, entiende que allí la
productividad no nace de la comodidad de los grandes centros urbanos, sino de
la montaña, de la finca, del camino difícil, del mercado, de la mujer que
trabaja la tierra, del productor que espera mejor precio y de la comunidad que
sabe que su futuro depende de organizar mejor lo que ya produce.
Durante demasiado tiempo,
Elías Piña ha sido narrada desde sus carencias: pobreza, distancia, frontera,
aislamiento y precariedad. Todo eso existe y no debe ocultarse.
Pero una provincia no puede
definirse únicamente por sus limitaciones. También debe ser mirada por sus
capacidades. Y Elías Piña tiene capacidades productivas reales: cerca de 9,977
unidades productoras, una superficie agropecuaria aproximada de 1,041,141
tareas, café de montaña, aguacate, habichuela, yuca, maní, frutos menores,
apicultura y un comercio fronterizo que, bien organizado, puede convertirse en
una plataforma de ingresos, empleo y formalización.
Ese dato cambia la
conversación. Elías Piña no es una provincia sin base productiva. Casi diez mil
unidades productoras y más de un millón de tareas agropecuarias revelan una
escala suficiente para pensar en productividad, asistencia técnica, financiamiento,
centros de acopio, agroindustria, comercio organizado y mercado.
La pregunta estratégica no
es solo qué le falta a Elías Piña; la pregunta de Estado es qué puede producir
mejor, qué puede transformar, qué valor está perdiendo y cómo puede convertir
su vocación productiva en bienestar.
La agricultura no es un
complemento menor de la provincia. Los diagnósticos territoriales han
identificado el clúster agrícola como uno de los principales componentes de su
estructura económica.
Traducido a lenguaje simple:
en Elías Piña, hablar de desarrollo sin hablar de agricultura es no entender el
territorio. Pero no se trata de una agricultura abandonada a su suerte, sino de
una agricultura que debe organizarse, tecnificarse, financiarse y conectarse
con mejores mercados.
Ahí está el núcleo del
problema productivo. El café no debe quedarse como grano vendido sin
diferenciación. La habichuela no debe quedar atrapada en ciclos de precio que
empobrecen al productor.
El aguacate no debe salir
del territorio sin clasificación, empaque y conexión comercial. La miel no debe
verse como actividad marginal, sino como producto con potencial ambiental,
agrícola y de mercado.
La productividad no consiste
solamente en sembrar más; consiste en lograr que cada tarea produzca mejor, que
cada cosecha pierda menos, que cada producto capture más valor y que cada
familia reciba una parte más justa del ingreso.
El café de Hondo Valle
permite explicar esta oportunidad con claridad. En la montaña, el café no es
solo un cultivo; es una relación con la tierra. Requiere sombra, manejo,
paciencia, cosecha cuidadosa, secado, clasificación, tostado, empaque y marca.
Por eso, experiencias como
las mujeres caficultoras vinculadas a ADOMUCA y Café Tiola tienen un valor que
va más allá de una iniciativa productiva. Cuando una mujer rural cultiva café,
mejora su empaque, construye marca y participa en la comercialización, deja de
estar al margen de la cadena y empieza a ocupar un lugar dentro del valor.
Que una asociación de
mujeres caficultoras recibiera 2,500 empaques para comercializar su café puede
parecer un dato pequeño frente a las grandes cifras nacionales, pero en la
economía real de una comunidad significa algo decisivo: pasar del producto sin
presentación al producto con identidad comercial.
Un grano vendido como
materia prima tiene un valor limitado; un café seleccionado, tostado, empacado
y contado como producto de origen puede venderse mejor. Y cuando ese valor
adicional se queda cerca del productor, la productividad se convierte en ingreso,
autonomía y dignidad.
Pero Elías Piña tiene un
elemento adicional que la distingue: la frontera. En 2024, de unos US$896.1
millones exportados por República Dominicana hacia Haití, alrededor de US$372.8
millones salieron por Elías Piña, equivalentes al 41.6% del total.
En productos nacionales, el
peso es todavía más revelador: de unos US$554.6 millones, aproximadamente
US$334.3 millones salieron por Elías Piña, es decir, el 60.2%. Ese dato cambia
por completo la narrativa. Elías Piña no es una frontera marginal. Es uno de
los principales canales terrestres de salida de productos dominicanos hacia
Haití.
La pregunta productiva,
entonces, es inevitable: si por Elías Piña pasa una proporción tan importante
del comercio nacional hacia Haití, ¿cuánto valor captura la provincia? ¿Cuánto
de ese flujo se convierte en empleos locales, servicios logísticos, almacenamiento,
transporte, formalización, financiamiento, infraestructura y oportunidades para
productores de la zona? Una frontera por donde pasan millones de dólares no
puede seguir siendo tratada solo como punto de tránsito. Debe ser pensada como
infraestructura económica nacional.
En ese punto debe colocarse,
con prudencia y visión, la conversación sobre los puertos secos. Un puerto seco
no debe presentarse como una estructura para sustituir la vida comercial de la
frontera, sino como una oportunidad para organizarla mejor.
Si se diseña de espaldas a
los comerciantes, productores, transportistas y mipymes locales, generará
resistencia. Pero si se construye con ellos, puede convertirse en una
herramienta para que Elías Piña deje de ser solo paso de mercancías y empiece a
capturar más valor logístico, comercial y productivo.
La clave está en el enfoque:
no se trata de quitarle el mercado a la gente, sino de darle más mercado a la
gente.
No se trata de desplazar al
comerciante tradicional, sino de ayudarlo a formalizarse, vender mejor,
transportar con más seguridad, acceder a servicios financieros, reducir
pérdidas, cumplir estándares y conectarse con compradores más estables.
Ningún desarrollo logístico
en la frontera debe hacerse contra la economía local. Tiene que hacerse con la
economía local, desde la economía local y para elevar la economía local.
Un puerto seco bien
concebido puede ordenar el comercio, fortalecer la trazabilidad, mejorar el
control aduanero, crear servicios logísticos, facilitar almacenamiento, generar
datos y abrir una puerta para que productos locales —café, habichuela, aguacate,
miel y otros bienes agrícolas— puedan moverse con más calidad y formalidad.
El punto no es levantar una
infraestructura fría en una provincia vulnerable; el punto es convertir esa
infraestructura en una palanca de inclusión económica.
Ese es el salto que necesita
Elías Piña: unir agricultura de montaña, comercio fronterizo y logística
moderna. Que el café no salga como historia dispersa, sino como producto con
marca. Que la habichuela tenga acopio y mejores condiciones de venta.
Que el aguacate pueda
clasificarse y empacarse con mayor calidad. Que la miel tenga envase, registro
y canales. Que el mercado fronterizo y el puerto seco no sean mundos separados,
sino partes de un mismo sistema: producción local, comercio ordenado, control
soberano, formalización y valor agregado.
El Estado que funciona debe
aparecer precisamente ahí: no sustituyendo al productor, sino creando
condiciones para que producir sea rentable.
Caminos productivos,
asistencia técnica, financiamiento paciente, centros de acopio, apoyo al
empaque, registro sanitario, capacitación, asociatividad, formalización
comercial, infraestructura de mercado y conexión con compradores.
En Elías Piña, una política
pública bien diseñada no puede limitarse a llegar el día de una visita; tiene
que quedarse como capacidad instalada.
Pero el centro de todo sigue
siendo la gente. Detrás del café hay mujeres que cuidan parcelas, familias que
esperan mejor precio y jóvenes que necesitan ver futuro en la montaña.
Detrás de la habichuela hay
ciclos agrícolas, deudas y riesgo climático. Detrás del aguacate hay inversión
y espera. Detrás de la miel hay paciencia y trabajo silencioso. Detrás del
mercado fronterizo hay comerciantes que madrugan, cargan mercancía, negocian,
arriesgan y sostienen la economía cotidiana de la provincia.
En Elías Piña entendí que la
frontera no debe verse solamente como una línea de separación. También puede
ser una línea de oportunidad, si se gobierna con inteligencia y se conecta con
la productividad del territorio.
Allí donde el país muchas
veces ve distancia, hay café. Donde ve precariedad, hay mujeres produciendo.
Donde ve comercio informal, puede haber mercado organizado.
Donde ve montaña, puede
haber agricultura sostenible. Y donde algunos pueden ver un puerto seco como
amenaza, puede construirse, con participación y justicia territorial, una
herramienta para que la frontera capture más valor.
Elías Piña no debe ser
mirada como una provincia lejana. Debe ser entendida como una frontera
productiva del país.
Y cuando una frontera
produce con orden, cuando una mujer transforma café en marca, cuando un
productor diversifica su finca, cuando un mercado se formaliza, cuando una
infraestructura logística incluye a la gente y cuando el Estado articula
capacidades, entonces el desarrollo deja de ser una promesa y se convierte en
una forma concreta de justicia territorial.
Publicar un comentarioDefault CommentsFacebook Comments