Los demócratas socialistas, ¿llegaron para quedarse?
Favio Darío Espinal
Los demócratas socialistas ganan influencia en EE. UU., liderados por figuras como Sanders y Ocasio-Cortez, desafiando el enfoque tradicional del partido.
A diferencia de Europa
occidental y Escandinavia, en Estados Unidos la política no se estructuró,
desde comienzos del siglo XX en adelante, en torno a las tres grandes
corrientes ideológicas que predominaron en los países que forman parte de esos
dos ámbitos geográficos: la liberal-conservadora; la socialdemocracia y la
izquierda comunista.
De estas tres, la que tuvo
menos incidencia fue esta última, aunque en algunos países, como Italia,
Francia y España, los partidos comunistas lograron cierto arraigo y
desempeñaron papeles relevantes en algunas coyunturas.
En España, por ejemplo, el
Partido Comunista español y su líder Santiago Carrillo fueron piezas clave en
las negociaciones que hicieron posible la transición hacia la democracia, como
muestra Javier Cercas en su fascinante libro Anatomía de un instante.
En cualquier caso, en los
países europeos (occidentales) y escandinavos, los partidos políticos se
definieron sobre la base de las “grandes ideologías”, esto es, cuerpos de ideas
que tenían o pretendían tener una coherencia interna y que servían de plataformas
para articular sectores sociales, incidir en las organizaciones sindicales y
otras estructuras de representación de los intereses de clases, orientar sus
luchas políticas y definir sus programas de gobierno.
Todavía hoy quedan vestigios
de esa estructuración política, aunque no ya con la fuerza de otros tiempos
dada la reconfiguración política que se ha producido tanto en la izquierda como
en la derecha.
En Estados Unidos la
experiencia fue -y sigue siendo- distinta. A principios del siglo XIX, Alexis
de Tocqueville observó que los estadounidenses tenían un temperamento y un modo
de pensar adverso a lo que él llamó las “ideas generales”.
Esa fue la primera intuición
sobre el pragmatismo norteamericano, lo que luego se convirtió en una corriente
de pensamiento legítima con exponentes brillantes que van desde John Dewey
hasta Richard Rorty.
La cuestión es que la política
en Estados Unidos nunca se estructuró en torno a esas grandes ideologías que
marcaron la política en Europa occidental y Escandinavia desde comienzos del
siglo XX.
Esto hizo que el Partido
Demócrata, el cual se identificó desde las primeras décadas del siglo XX con
las clases trabajadoras y desarrolló fuertes vínculos con los sindicatos, no
asumiera el socialismo como ideología política.
Sin duda, muchas de sus
políticas coincidían con la socialdemocracia europea, pero nunca se asumió esa
corriente ideológica como doctrina oficial de dicho partido.
Del mismo modo, el Partido
Republicano tampoco asumió el marco ideológico de los partidos conservadores de
Europa occidental, como sería la democracia cristiana y otras manifestaciones
ideológicas de los partidos de derecha y centroderecha.
En lo que concierne al Partido
Demócrata, hay dos momentos importantes en el siglo XX en los que ese partido
adoptó importantes y duraderas políticas sociales.
El primero fue en el gobierno
de Franklyn Delano Rossevelt (FDR), quien impulsó el sistema de seguridad
social en 1935 para proveer pensiones a los trabajadores jubilados y un seguro
de desempleo, entre otras políticas de gran impacto social.
Y el segundo momento fue en el
gobierno de Lyndon B. Johson (LBJ), quien estableció en 1965, bajo el programa
denominado la Gran Sociedad, el Medicare (seguro médico para las personas
mayores de 65 años), el Medicaid (cobertura de salud a las personas y familias
de bajos ingresos), además de los programas Head Start (educación preescolar
para niños de familias de bajos ingresos) y el Food Stamps (asistencia
alimentaria a las familias de bajos ingresos).
Junto a estos programas,
Johnson también propició la Ley de Derechos Civiles (1964), la Ley de Derecho
al Voto (1965) y la Ley de Vivienda Justa (1968).
Los demócratas han
reivindicado siempre a FDR tanto por sus políticas sociales como por su papel
para sacar a Estados Unidos de la Gran Depresión y su liderazgo en la Segunda
Gerra Mundial para derrotar al nazismo y al fascismo.
No ha sucedido lo mismo, sin
embargo, con LBJ, a quien se asocia con la guerra de Vietnam, ya que durante su
mandato se produjo una gran escalada de la presencia estadounidense en ese país
del Sudeste Asiático. Fue él, dicho sea de paso, quien ordenó la intervención
militar de Estados Unidos a República Dominicana, en 1965 pero ese
acontecimiento, que pesa tanto para los dominicanos, no es un factor relevante
cuando se pasa balance a la política exterior de este gobernante.
Una muestra de esto es que la
renombrada historiadora Doris Kearns Woodin, cuando evalúa el liderazgo de
Johnson en su interesante libro Leadership in Turbulent Times, no menciona la
intervención militar norteamericana en República Dominicana durante su gobierno.
Aunque los programas sociales
de estos dos presidentes demócratas -FDR y LBJ-pueden perfectamente enmarcarse
en la ideología de la socialdemocracia europea, ninguno de ellos, ni ningún
otro líder demócrata posteriormente, ha asumido esa corriente ideológica como
propia.
De hecho, el término
socialismo resulta chocante en una cultura política condicionada por un sistema
económico capitalista, basado en la preeminencia de la propiedad privada, la
iniciativa individual, el mercado y la sospecha hacia el Estado.
En la época contemporánea, sin
embargo, el término socialismo comienza a ganar cierto espacio tanto en la
política interna del Partido Demócrata como en algunos segmentos sociales.
El primero en abogar por un
socialismo al estilo europeo fue el senador independiente de Vermont Bernie
Sanders, seguido por la senadora demócrata de Massachusetts Elizabeth Warren.
Poco a poco se han sumado el alcalde de la ciudad de Nueva York Zohran Mandani,
la congresista Alexandria Ocasio-Cortez (AOC) y el candidato a senador por
Michigan Abdul El-Sayed, entre otros.
Este sector, identificado como
demócratas socialistas, se está haciendo sentir en la campaña electoral para
las elecciones de medio término. El carisma y la energía de algunos de ellos es
un factor importante para que este grupo haya alcanzado una notoriedad no
despreciable en la campaña electoral.
Las condiciones sociales
también han ayudado al crecimiento de esta corriente ideológica en el Partido
Demócrata: la excesiva concentración de la riqueza y la oligarquización de
ciertas áreas de la economía ha creado condiciones de recepción a un discurso
que va dirigido a sectores de clase media y las clases trabajadoras que ven
cada vez más remota la realización del sueño americano. Su énfasis en el acceso
universal a la salud y la provisión de vivienda digna ha tenido resonancia en
amplios sectores sociales cuyos ingresos los mantienen privados de esos
servicios básicos en una sociedad como la estadounidense que genera riqueza
como ninguna otra.
La pregunta que queda en el
aire es si esa corriente ideológica que se identifica con el socialismo o la
socialdemocracia europea llegó para quedarse o si se desvanecerá con el paso
del tiempo en una cultura política que ha probado ser resistente a incorporar
“grandes ideologías” o, de manera particular, asimilar la noción de socialismo
como un elemento convencional de la discusión política.
Es temprano para decir, pero
el gran desafío de esta corriente política dentro del Partido Demócrata es
probar que tiene capacidad de expandirse más allá de algunos centros urbanos
donde ha comenzado a tener gran incidencia política.

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