Trump se gardeó solo
Julio E. Diaz Sosa
Los aficionados al baloncesto
conocen una expresión que describe bien lo que le ha ocurrido a Donald Trump:
«se gardea solo». Se dice del jugador que pierde el balón sin que nadie lo
presione. A pocos días de las elecciones legislativas del 3 de noviembre, el
presidente estadounidense parece haber cometido suficientes errores como para
poner en riesgo las posibilidades electorales de su partido.
Trump regresó a la Casa Blanca
en enero de 2025 con tres promesas fundamentales: mejorar la economía,
controlar la inmigración irregular y evitar nuevas guerras.
La inflación había descendido
respecto de sus niveles máximos y el crecimiento económico ofrecía condiciones
favorables para gobernar. Pero su ofensiva arancelaria de abril de 2025
introdujo incertidumbre en los mercados, las deportaciones masivas afectaron
sectores dependientes de la mano de obra inmigrante y la intervención militar
contra Irán contradijo su discurso de prudencia internacional. En lugar de
consolidar su ventaja política, abrió nuevos frentes de descontento.
El costo de la vida sigue
pesando sobre los hogares estadounidenses. De poco sirve que un gobierno exhiba
indicadores económicos favorables si las familias encuentran cada vez más
difícil pagar la vivienda, los alimentos o los seguros médicos.
Esa distancia entre las
estadísticas y la realidad cotidiana suele decidir elecciones. Los demócratas
tienen una oportunidad real de recuperar la Cámara de Representantes, aunque
conquistar el Senado representa un desafío mayor, dadas las particularidades
del mapa electoral y las contiendas en disputa.
Sería un error, sin embargo,
confundir el desgaste de Trump con un respaldo entusiasta al Partido Demócrata.
Ganar porque el adversario pierde el balón no significa necesariamente jugar
mejor. Para construir una mayoría duradera, los demócratas necesitan responder
a las inquietudes de millones de trabajadores que, durante años, escucharon
hablar de prosperidad mientras sus comunidades perdían industrias, empleos bien
remunerados y oportunidades de progreso.
La filósofa Nancy Fraser
ofrece una explicación de esa desconexión. Con la expresión «neoliberalismo
progresista», describe una alianza entre sectores económicos favorables a la
financiarización y corrientes políticas centradas en el reconocimiento cultural.
Su crítica no cuestiona los derechos reproductivos, la igualdad de género ni la
lucha contra la discriminación. Advierte, más bien, que esos avances resultan
insuficientes cuando conviven con salarios estancados, sindicatos debilitados y
una concentración creciente de la riqueza.
En Cannibal Capitalism, Fraser
profundiza su diagnóstico: la acumulación capitalista depende de condiciones
que el mercado no puede producir por sí mismo. Necesita familias que asuman las
tareas de cuidado, instituciones públicas que funcionen y recursos naturales
que sostengan la producción.
Sin embargo, la propia
dinámica de acumulación tiende a deteriorar esas bases. La crisis del cuidado,
la degradación ambiental y el debilitamiento democrático no son problemas
aislados, sino manifestaciones de contradicciones económicas más profundas.
Un nuevo New Deal para el
siglo XXI debería comenzar por garantizar la seguridad económica de las
familias. Salarios dignos, negociación colectiva efectiva, vivienda asequible y
atención médica accesible no pueden seguir siendo promesas secundarias. La política
industrial debe recuperar empleos productivos, pero los subsidios públicos
tendrían que estar condicionados a inversiones verificables, capacitación
laboral y compromisos concretos con las comunidades, en lugar de limitarse a
engrosar las ganancias empresariales.
El trabajo de cuidado también
merece un lugar central. Guarderías accesibles, licencias familiares
remuneradas y servicios adecuados para las personas mayores aliviarían
responsabilidades que recaen desproporcionadamente sobre las mujeres. Se trata
de vincular la igualdad de oportunidades con las condiciones materiales que
permiten ejercerla, sin reducirla a una cuestión de representación simbólica.
La transición energética exige
una visión semejante. Proteger el medioambiente no debería significar abandonar
regiones industriales ni trasladar los costos del cambio a los trabajadores.
Las inversiones en infraestructura, tecnología y energías limpias pueden
generar nuevas oportunidades, siempre que las comunidades participen de sus
beneficios.
Otra reforma impostergable
consiste en limitar la concentración del poder corporativo. Combatir los
monopolios, eliminar privilegios tributarios y reducir la influencia del dinero
privado en la política permitiría recuperar parte de la autoridad democrática
frente a intereses económicos que hoy condicionan numerosas decisiones
públicas.
Nada de esto obliga a los
demócratas a renunciar a la defensa del derecho al aborto o de las libertades
civiles. Lo que exige es superar la falsa disyuntiva entre reconocimiento y
redistribución. Una mujer puede tener sus derechos formalmente reconocidos y,
al mismo tiempo, carecer de recursos para pagar el alquiler o cuidar de sus
hijos. La igualdad también debe reflejarse en las condiciones económicas de la
vida cotidiana.
Esta propuesta necesita,
además, credibilidad fiscal. Prometerlo todo sin explicar cómo financiarlo
supondría repetir los mismos errores que se pretende corregir. Una reforma
tributaria progresiva, una evaluación rigurosa del gasto y una inversión pública
orientada a elevar la productividad permitirían conciliar la justicia social
con la sostenibilidad de las finanzas públicas a largo plazo.
Franklin D. Roosevelt
comprendió que la crisis de los años treinta exigía reconstruir la relación
entre el Estado, el capital y los trabajadores. El desafío actual es distinto,
pero requiere una ambición comparable.
Trump puede haberse gardeado
solo, pero eso no garantiza que los demócratas anoten. Su tarea consiste en
ofrecer un proyecto político y económico que devuelva a los estadounidenses la
confianza en que el trabajo, el esfuerzo y la participación democrática todavía
pueden traducirse en una vida mejor.

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