Petete: desde otro punto de vista

Tan afamado como el personaje de aquella conocida historieta de Manuel García Ferré que se hizo popular en los años sesenta, el nombre de Petete a despertado la curiosidad de todo el país a raíz de los acontecimientos ocurridos en Arroyo Cano en las últimas semanas.
David Luciano Castillo (Petete), joven, de escasa estatura, cuerpo famélico, pelo cobrizo y piel morena, con aspecto de poco hombre para decirlo en el lenguaje de los arroyocanenses, nació en el seno de una familia indigente, creció y se desarrollo en un ambiente de extrema pobreza; nunca fue declarado ni asistió a la escuela y a lo largo de su vida no conoció más que el rechazo, la marginación y la discriminación social. Abandonado por sus padres, se refugio en casa de una amiga de su madre donde sobrevivía gracias a la caridad, alimentándose de lo poco que quedaba en este humilde hogar donde la abundancia no existe.
Ya un joven con edad de cédula intenta obtener un puesto de trabajo en la constructora ODREBRECHT que ejecuta el Proyecto Hidroeléctrico Palomino en Arroyo Cano, pero descubre que no tiene identidad, no posee documentación, por lo que no se puede utilizar su mano de obra; buscando alternativas se dedica como bracero a realizar jornadas de trabajos por días a los agricultores, quienes demandaban sus servicios dada la habilidad mostrada por éste en el manejo del machete, Petete trabajaba con dos machetes, instrumento que usa simultáneamente con ambas manos, lo que daba ciertas ventajas en las labores agrícolas, además de su puntualidad y seriedad a la hora de cumplir con el trabajo contratado.

¿Qué pasó entonces que este muchacho tranquilo y trabajador se convierte en el delincuente más buscado y temido?
El jornalero sencillo comienza a despertar inquietudes y se manifiesta a través del reguerón en donde improvisa canciones con letras alusivas a su desastrosa vida, usando vestimenta a lo “jou” que entretenía a sus amiguitos quienes con su rechazo y burla alimentaban su resentimiento y ensanchaban en él su sentimiento de rechazo y baja estima. Todo iba bien hasta que Petete, quien ya tomaba ron y cerveza para ahogar sus penas, encontró lo que le faltaba para completar su cuadro de desastre: las drogas, ésta sustancia proporcionada por “amiguitos”, unida a un cerebro que hereda las enfermedades mentales sufrida por la madre y la hermana, encontraron en este muchacho un caldo de cultivo para crear el monstruo que hoy tenemos.
Petete o David Luciano, choco con su propia realidad, toda la carga de ira, rechazo y resentimiento que fue acumulando, de repente hizo catarsis y exploto de la peor manera, canalizo el odio hacia él y hacia los demás primero matando animales, después agrediendo personas y terminó descuartizando a un agricultor.
Sin que ésto se vea como una defensa a Petete, que a todas luces es un criminal despiadado, capaz de todo y merecedor de la pena capital, es oportuno preguntarse:
¿Qué tan responsables somos de la maldad de ese muchacho?
¿Qué pasa en esta sociedad que priva de oportunidades a los más pobres y cuando se ven acorralados tienen que delinquir para hacer entender que ellos existen?
Si Petete hubiera encontrado amor, protección, educación y oportunidad de trabajo ¿Seria lo que es hoy?
¿Cuántos Petetes pudiéramos estar creando si no cambiamos el modelo que hoy tenemos que hace a los pobres más pobres y a los ricos más ricos?
Queda para usted la respuesta.
Arroyo Cano.com/Policarpio A. Sánchez.

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