Los épicos parques de San Juan de la Maguana
https://www.elvalleinformativo.com/2013/02/los-epicos-parques-de-san-juan-de-la.html
Esta revista solicitó al arquitecto Ernesto Armenteros, quien trabajó
con el afamado Ludwig Mies van der Rohe y fue discípulo de Walter
Gropios, que evaluara los nuevos parques de San Juan de la Maguana.(lalupa.com)

Caonabo sin cadena, murió encadenado. (Foto: Roberto Guzmán)
Por el Arq. Ernesto J. Armenteros
Sería interesante que ciudadanos activistas les entregáramos a los
síndicos responsables de estas obras el trofeo de “La Mata de Coco
Plástica”, en referencia a los árboles de coco plásticos iluminados por
luces fluorescentes que se colocaron en la avenida frente a la Basílica
de Higüey. Algunos feligreses juran que cuando eso ocurrió, la Virgen de
la Altagracia hizo una mueca de desagrado.
Estructura enigmática que en un parque infantil podría servir para que niños se deslicen. (Foto: Roberto Guzmán)
Fuente:http://www.lalupa.com.do/2013/01/los-epicos-parques-de-san-juan-de-la-maguana/#more
Caonabo sin cadena, murió encadenado. (Foto: Roberto Guzmán)
Por el Arq. Ernesto J. Armenteros
Tan pronto hicimos entrada en San Juan por una avenida amplia,
relativamente limpia y bien cuidada, no nos tenían que haber dicho a qué
vinimos, porque ¡ahí estaba! Si la idea de la síndica era llamar la
atención, esta obra debería de servir como modelo para decorar la
entrada de moteles. Aquello es la glorificación del mal gusto en
proporciones épicas. Nuestras fotografías fueron tan artísticamente
tomadas que no le hacen justicia a la irracionalidad del conjunto.
La plazoleta está ubicada en un terreno de unos 70 metros por 100
metros circunvalados por las avenidas de entrada a la ciudad. El área
total está cubierta de azulejos, rotos, y compuestos para formar muros,
asientos, la base de una figura de Caonabo de proporciones gigantescas,
cercano a otro Caonabo de más modestas proporciones sobre una media
carabela medieval a medio hundir en un mar de azulejos que forman un
parque alrededor de un cemí de piedra. El conjunto incluye unos postes y
lámparas cubiertos también de azulejos rotos.
Es difícil estimar lo que pudo haber costado construir ese adefesio.
El estilo pudiera haber querido ser algo similar al Parque Güell de
Antonio Gaudí en Barcelona, pero hacer comparación pudiera causar
efectos portentosos en la tumba del afamado arquitecto catalán, porque
daría vueltas como un trompo para manifestar su protesta. Tiemblo en
pensar qué le hubiera pasado a la Catedral de San Juan si la obra más
famosa de Gaudí, La Sagrada Familia, hubiera también inspirado a la
alcaldesa y arquitecta en la remodelación de ésta.
Es desafortunado que alguien no le haya dejado saber a la
síndica-arquitecta (aunque posiblemente no le hubiera hecho caso), que
el estilo arquitectónico y uso de materiales y formas que fue apropiado
para construir en Barcelona ‒por el arquitecto más vanguardista y
emblemático del Art Nouveau en las primeras décadas del siglo XIX‒ no
eran algo apropiado para construir una plazoleta en la intersección de
carreteras en el siglo XXI con el fin de honrar a un cacique indígena en
San Juan de la Maguana. Que el resultado sería un cagadal, como en
efecto, es el caso.
La síndica-arquitecta de San Juan no es solamente versátil en
diseñar, aprobarse y construir –jugando como pítcher, cátcher, segunda
base y ampáyer en su condición de enllave de los gobernantes de turno–,
sino que es particularmente prolífica.
En la rotonda, al lado de la plazoleta que nos ocupa, hay otra plaza
con un obelisco que tiene una “corona de espinas” que no deja de tener
su atractivo, pero que, aparentemente, su significado escapa a algunos
ciudadanos. En la base del obelisco se colocó una estatua clásica de San
Juan, bien proporcionada, que de por sí, aisladamente, en un entorno
eclesiástico, pudiera tener sentido. El maridaje del obelisco y de San
Juan es algo emblemático. La arboleda alrededor de esta plazoleta redime
en algo el conjunto.
Unos metros más allá de estas dos plazas hay una tercera, dedicada al
profesor Juan Bosch, donde una cabeza monumental del profesor –que
habiéndolo conocido personalmente, sé que lo hubiera horrorizado–
descansa en un libro abierto rodeado de muros alusivos que resaltan la
inclinación de la síndica-arquitecta por lo dramático, al estilo
arquitectónico “de entrada de motel” o “rococó jamaiquino”.
La remodelación de la Plaza de la Catedral es algo más moderada, con
la excepción de unas enigmáticas estructuras que en un parque infantil
pudieran servir para que los niños se deslicen, pero que creo tienen que
ver con banderolas de concreto y colorines primarios.
En contraste con estos despliegues de ostentación cívica de la
síndica-arquitecta, el ex “parque de los mulos”, que ocupa el lugar en
que antiguamente se amarraban los mulos que trasportaban mercancías al
mercado, es un parque típico de los pueblos, con arboleda, bancos, área
pavimentada y un busto del general José María Cabral y Luna, héroe
nacional en la guerra de independencia contra los haitianos y oriundo de
San Juan de la Maguana. Nos explicaron que ese parque se construyó
durante el gobierno de Hipólito Mejía (2000-2004). Es un lugar sin
pretensiones ostentosas, pero muy agradable.
Otras dos plazoletas construidas décadas atrás tienen una figura
desvencijada de San Juan Bautista a la que le falta un brazo, y otra de
una india que pudiera ser, con algo de imaginación, Anacaona. A pesar
del abandono, tienen el atractivo bucólico que le da el tiempo a
ingenuas representaciones pueblerinas de figuras emblemáticas. Es
desafortunado que se canalicen tantos recursos en la creación de
ostentosas plazas y ningún recurso en mantener lo histórico. Al
desafortunado San Juan deberían de hacerle un injerto de brazo nuevo.
A un munícipe con una camisa con un logo que implica que trabaja en
una agencia del Gobierno y que estaba acompañado por una compañera
–ambos ya entrados en años– le preguntamos quién había construido la
Plaza de Caonabo (la de los azulejos), y nos informó que la síndica se
llamaba Hanoi Sánchez, que además era arquitecta. Nos añadió que Hanoi
era muy cercana a Leonel Fernández y a Félix Bautista, y que por eso
obtenía los fondos para estas construcciones. Les preguntamos si le
gustaban las plazas y nos dijeron que sí, que estaban muy bonitas.
La mayoría de los munícipes parecían estar de acuerdo en que Hanoi
era una buena síndica, porque la ciudad estaba limpia. Si la limpieza de
la ciudad y la popularidad es lo que califica la eficacia de una
alcaldesa, yo la clasificaría con una “A”. Como arquitecta, con una “F”.
Debo admitir que Hanoi no está sola en la propensión de nuestros
síndicos a construir plazas públicas ostentosas y de mal gusto. Hay
otros numerosos casos en diferentes ciudades y pueblos. Si hiciéramos un
concurso de las plazas más horrorosas del país, la competencia sería
fuerte y entre ellas estaría la conocida como la del “Zooberto” en Santo
Domingo; la de Sánchez y la de mi pueblo, San Pedro de Macorís. Pero
creo que San Juan sería la ciudad campeona por la escala de su plaza.
Estructura enigmática que en un parque infantil podría servir para que niños se deslicen. (Foto: Roberto Guzmán)
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