Palestina como espejo: el colapso moral de Occidente
Las crecientes protestas tanto en EE.UU. como en Europa, destacándose la anulación de la etapa final de la Vuelta Ciclista a España, nos obliga a analizar otro punto clave del escenario actual.
Desde hace meses, miles de
personas se manifiestan en todo el mundo mientras los gobiernos occidentales se
obstinan en negar lo evidente: el exterminio de un pueblo. Lo hacen, además,
sin pudor, como si la impunidad formara parte del propio reglamento del mundo.
Y quizás así sea. Palestina, se convierte así, en el espejo donde se refleja el
colapso moral del centro imperialista.
En esa dirección, debemos
observar que esa grieta que se abre entre la calle y el poder visualiza un
modelo de dominación que, en su decadencia, ya solo puede sostenerse mediante
la violencia, la mentira y la deshumanización; y de cómo la población —a diferencia
de sus gobernantes— rechaza su complicidad con la barbarie.
Y es ahí donde Palestina deja
de ser 'un conflicto' para convertirse en una interpelación histórica. Una
ruptura, más allá de los simbólico, entre el pueblo y sus élites.
Palestina deja de ser 'un
conflicto' para convertirse en una interpelación histórica. Una ruptura, más
allá de los simbólico, entre el pueblo y sus élites.
El genocidio en Palestina no
es nuevo, es la continuidad de un proyecto colonial que desde su origen
necesitó negar al otro para justificarse. El sionismo no solo se impuso sobre
una tierra habitada, sino que lo hizo con el respaldo del orden internacional
dominante y bajo la lógica del despojo.
Hoy, como ayer, Israel no
actúa solo, sino como avanzadilla militar, tecnológica y simbólica del llamado
Occidente colectivo en uno de los territorios más estratégicos del planeta. Y
como toda colonia, para sostenerse, necesita exterminar. No es la primera vez
que lo hemos visto en la historia.
La ocupación implica borrar,
reescribir, hacer desaparecer incluso la evidencia de que ese territorio,
alguna vez, estuvo habitado. De ahí que el genocidio no sea un accidente, sino
una fase más de ese proyecto.
De ahí también el silencio, la
complicidad y la cobertura política de quienes siguen considerando que Oriente
Medio debe ser administrado desde fuera, como si el siglo XX no nos hubiese
enseñado nada.
Lo que ocurre hoy no puede
entenderse sin revisar cómo se construyó el mundo que ahora se desmorona. Como
ya explicara Ruy Mauro Marini, el desarrollo del capitalismo occidental ha
estado siempre anclado en una lógica de centro y periferia: unos pocos países
concentran la tecnología, la industria y las finanzas; los demás, condenados a
la exportación de materias primas y a la dependencia estructural, sostienen ese
equilibrio desigual. Pero este modelo, que funcionó a sangre y fuego durante
siglos, ha entrado en crisis.
La deslocalización productiva,
iniciada para salvar la tasa de ganancia tras el agotamiento del fordismo,
acabó debilitando al propio centro.
La financiarización,
presentada como modernidad, destruyó el tejido productivo, precarizó el trabajo
y erosionó la legitimidad política. Así, mientras los mercados celebraban
beneficios, las sociedades acumulan precariedad, desafección y hastío.
Y en ese escenario de colapso,
el orden internacional que se edificó sobre el dominio occidental comienza a
resquebrajarse. Lo que Palestina muestra no es solo barbarie, es el agotamiento
de un modelo y su resistencia a morir sin ejercer la máxima violencia posible.
La ocupación implica borrar,
reescribir, hacer desaparecer incluso la evidencia de que ese territorio,
alguna vez, estuvo habitado. De ahí que el genocidio no sea un accidente, sino
una fase más de ese proyecto.
En ese sentido, en Europa y en
EE.UU. no asistimos al desmoronamiento de una ética universal, sino del
consenso que la sostenía.
Durante siglos, la Europa
liberal se presentó como faro de derechos humanos y civilización, pero ese
relato funcionó como ideología legitimadora de un orden mundial basado en el
saqueo colonial, el racismo estructural y la supremacía imperialista.
No hay traición, porque nunca
hubo compromiso real con esos valores sino una construcción propagandística
para consolidar hegemonía. Lo que Palestina rompe es ese pacto tácito entre
dominantes y dominados, entre opresores que simulaban humanidad y pueblos
sometidos que aún concedían legitimidad moral a sus verdugos.
Hoy, frente al genocidio
televisado, la farsa se desmorona. La violencia fundacional del sistema
capitalista vuelve a la superficie. Se quiebra el consenso, y con él, se abre
una grieta histórica para la lucha contra el imperialismo global.
España no escapa a esta
deriva, pero ofrece elementos particulares que lo convierten en un caso de
estudio especialmente revelador.
Según un informe del Real
Instituto Elcano, el 82 % de la población española apoya a Palestina. Esa
cifra, incómoda para el aparato de poder, ha obligado al gobierno a tomar
posiciones formales que, más que compromisos reales, son gestos calculados para
calmar la conciencia de su electorado.
Ante este escenario, Pedro
Sánchez trata de recuperar el consenso reconciliándose con su base electoral
usando la causa palestina como recurso simbólico. Una concesión que, no
olvidemos, jamás se hubiese producido sin la presión social de la calle.
El discurso sobre la
"islamización de Europa" repite, casi palabra por palabra, las
fantasías conspirativas del fascismo clásico. Pero no se detiene ahí. Tras esa
enemistad primaria, racializada, se apunta al fondo real del conflicto: todo lo
que huela a colectividad, justicia social o transformación radical.
Pero mientras la
'socialdemocracia' (actualmente convertida en liberales con tintes progresistas
en derechos civiles) juega a mantener el equilibrio, la derecha española se ha
lanzado de lleno a la construcción del enemigo interno.
Isabel Díaz Ayuso habla de la
islamización de Europa como si repitiera los panfletos coloniales del siglo
XIX, y en ese sentido, no solo no niega de fondo el genocidio, sino que de
alguna pareciera que lo reivindica como necesario.
Vox, directamente, celebra los
crímenes de Israel y convierte a los palestinos —y por extensión a los
migrantes, los musulmanes, los pobres— en el chivo expiatorio perfecto.
Así, no deberían sorprendernos
las analogías con otros tiempos. Ayer fue el judío; hoy es el musulmán. El
discurso sobre la "islamización de Europa" repite, casi palabra por
palabra, las fantasías conspirativas del fascismo clásico.
Pero no se detiene ahí. Tras
esa enemistad primaria, racializada, se apunta al fondo real del conflicto:
todo lo que huela a colectividad, justicia social o transformación radical. El
enemigo sigue siendo el mismo: el temor a una clase trabajadora organizada y
con visión internacionalista.
Lo que está ocurriendo no
responde a errores tácticos ni a crisis pasajeras. Se trata de programas
políticos plenamente conscientes, que compiten tanto en Oriente Medio como en
el propio corazón de Europa.
Por un lado, el programa del
todo vale: el genocidio como método, la limpieza étnica como horizonte. Lo
encarna Netanyahu, pero también sectores enteros del poder imperialista en
Estados Unidos y Europa que apuestan por aplastar cualquier resistencia.
En Gaza o en Madrid. Por otro,
una vía aparentemente más "moderada", que pretende reconfigurar el
régimen colonial bajo nuevos acuerdos, nuevos interlocutores, nuevos disfraces.
Esa fórmula —la del Oslo 2.0—
es defendida desde Bruselas con el mismo objetivo que la otra: salvar el
proyecto colonial y, en correlación, la hegemonía del centro imperialista.
Ambas opciones conviven y
compiten. Un bloque cada vez más autoritario y abiertamente fascista frente a
una "socialdemocracia" decadente que intenta mantener el mismo
sistema con gestos vacíos y discursos de contención. Lo que vemos fuera y dentro
es lo mismo: una disputa sobre cómo administrar un orden que se descompone.
Frente al programa del
exterminio y la farsa de un consenso liberal cada vez más débil, solo la lucha
por una descolonización real —política, económica e ideológica— podrá abrir
paso a un mundo verdaderamente nuevo. Gaza nos lo muestra con crudeza.
El conflicto no está solo en
Oriente Medio, está en todas partes donde se resquebraja el viejo orden. En esa
fractura histórica germina nuestra posibilidad: un internacionalismo
revitalizado, no basado en proclamas vacías, sino en la capacidad real de articular
poder popular, forjar nuevas alianzas y disputar la hegemonía global desde
abajo.

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