Combate al narco'... indultando a un narco
Mirko Casale
A finales de noviembre, la Administración Federal de Aviación estadounidense advirtió de un "riesgo potencial a cualquier altitud" sobre el espacio aéreo venezolano.
El motivo sería el aumento de
la actividad militar en la región, lo que no deja de resultar bastante cínico
viniendo de una agencia oficial estadounidense, porque ese aumento se debe,
precisamente, a las acciones armadas de EE.UU. en la zona.
Pocas horas después del
anuncio, de manera sincrónica, varias aerolíneas internacionales anunciaron la
cancelación de vuelos hacia y desde Venezuela mientras durara el aviso.
¡Claro, las compañías aéreas,
siempre velando por el interés y seguridad de sus pasajeros! Sin embargo, por
poner un ejemplo, la empresa española Iberia mantuvo sus vuelos desde y hacia
Tel Aviv de forma prácticamente ininterrumpida desde finales de 2023 hasta
mediados de 2025, salvo momentos puntuales en que los pausó.
Y en pleno auge del genocidio
israelí contra Gaza aquello sí que era un verdadero "riesgo potencial a
cualquier altitud" debido "a la actividad militar en la región".
Guerra (muy) sucia contra
Venezuela
Sea como sea, en Caracas
percibieron la decisión de las casi diez aerolíneas que suspendieron vuelos
como una forma de plegarse y apoyar la estrategia de presión y guerra
psicológica de la Casa Blanca contra Venezuela y tomaron la decisión de
cancelar las licencias de operación en el país para todas ellas. O, dicho en
lenguaje de bolero, un muy merecido "no te vas tú, te boto yo".
Pocos días después, se
comprobó –oh, sorpresa– la naturaleza política del anuncio de la agencia de
aviación estadounidense cuando, todo satisfecho de sí mismo a pesar de
constituir de manera objetiva una violación flagrante a la legislación
internacional, Trump declaró que "el espacio aéreo sobre y alrededor de
Venezuela debe considerarse cerrado en su totalidad".
Claro, no es la primera vez
que su gobierno viola leyes internacionales y presume públicamente de ello,
para nada. De hecho, en la mayoría de ocasiones recientes el crimen se descubre
porque lo declaran a la prensa sin que nadie les pregunte primero.
En la misma región caribeña,
ya fueron ejecutadas sumariamente por EE.UU. más de 80 personas acusadas de
narcotraficantes sin proceso judicial o pruebas de ninguna clase.
Recientemente trascendió que,
en algunos de esos casos, después del bombardeo de lanchas en el Caribe, los
supervivientes que se aferraban a restos de la embarcación destruida fueron
rematados con un segundo ataque. Todo muy de "la mayor democracia del
mundo", ya ven.
Por supuesto, no faltará quien
diga que Washington está tan decidido a acabar con el narcotráfico que está
dispuesto a lo que haga falta para lograrlo, así sea a costa de las
legislaciones internacionales que se le interpongan.
Sin embargo, no hay que ser un
experto en asuntos de narcotráfico para darse cuenta de que a la hora de trazar
su estrategia, en la Casa Blanca o bien están consumiendo las sustancias que
dicen combatir o bien su intención es cualquier otra que la que declaran en
público.
Por un lado, porque Venezuela
no es productor de drogas ni tampoco territorio de paso importante. Países
aliados de EE.UU. en la región tienen un peso mucho mayor en el narcotráfico
global y regional, como por ejemplo Ecuador, como principal puerto de salida
sudamericano, o Panamá, tanto como parte de la ruta de paso obligado de las
sustancias ilícitas hacia el norte como, sobre todo, del tránsito y lavado del
dinero que genera el negocio narco.
Indulto al constructor de la
'superautopista' de la coca
Por otro lado, porque a Trump
parece importarle tan poco el "qué dirán" que, en paralelo a su
discurso lloroso y autocomplaciente de que durante décadas los ingenuos
ciudadanos estadounidenses estaban ahí, tan tranquilos, disfrutando de su paraíso
terrenal, hasta que un día llegaron migrantes latinoamericanos a obligarlos a
drogarse y por eso él quiere acabar con toda esa maldad importada, no se le
ocurrió mejor (o peor) idea que indultar a un sujeto encarcelado en EE.UU. tras
ser condenado a 45 años de presidio por narcotraficante por la propia Justicia
estadounidense.
¡Caramba! Donald Trump llega a
ser presidente en la década de 1980 y hubiera sido capaz de declararle la
guerra al cártel de Medellín y, al mismo tiempo, pedir un indulto para Pablo
Escobar. Hablamos de Juan Orlando Hernández, quien fuera presidente de Honduras
entre 2014 y 2022.
Su mandato fue muy polémico,
especialmente el segundo término, surgido de unas elecciones que fueron
ampliamente denunciadas como fraude electoral dentro y fuera del país. Sin
embargo, el político logró completar su período a pesar de las masivas protestas
en contra gracias al apoyo de Washington, que (aunque con tartamudeos) dio por
bueno el resultado.
Los fiscales detallaron cómo
Juan Orlando Hernández había "pavimentado una superautopista de cocaína
hacia EEUU"
Sin embargo, las cosas se
pusieron feas para Hernández en julio de 2021, cuando el mismo Departamento de
Estado que le había otorgado legitimidad institucional pocos años antes revocó
discretamente su visado estadounidense, tras surgir claros indicios de que el
político habría recibido jugosos sobornos a cambio de permitir el flujo de
cocaína en grandes cantidades hacia EE.UU.
El hermano de Juan Orlando y
también político, Juan Antonio 'Tony' Hernández, ya había sido arrestado,
juzgado y encarcelado a perpetuidad en EE.UU. por narcotráfico ligado al Cártel
de Sinaloa. Como todo buen negocio familiar que se precie, los hermanitos
terminaron hermanados en las buenas y en las malas cuando Juan Orlando aceptó
entregarse a regañadientes a la Justicia estadounidense en 2022.
Dos años después fue condenado
a casi medio siglo de prisión por tráfico de drogas por un jurado en Nueva
York, tras escuchar a los fiscales detallando cómo –cito textualmente–
Hernández había "pavimentado una superautopista de cocaína hacia EEUU".
Desde entonces, compartía
centro de detención con otros reclusos de similar triste fama, como Genaro
García Luna, secretario de Seguridad Pública en tiempos de Felipe Claderón en
México, también condenado por narcotráfico.
No es contradicción, es
política estadounidense
Como ven, más allá de la
obviedad de los dobles narco-raseros de la Casa Blanca a la hora de acusar de
narcotráfico a mandatarios, según les resulten incómodos o dóciles, en este
caso también se da un conflicto de interés muy propio de política estadounidense.
Y es que resulta que, en 2020,
Juan Orlando Hernández contrató a una empresa estadounidense para mejorar su
maltrecha imagen, firma que aportó a su vez generosas contribuciones a las
campañas políticas de narco, perdón, Marco Rubio, actual secretario de Estado.
Una coincidencia más que sumar a todo este asunto de 'combate al narco' que
termina siendo 'rescate al narco'.
Así las cosas, una vez más, lo
que parecen apenas las contradicciones de un presidente imprevisible que toma
decisiones a la ligera son mucho más que eso.
Desde hace tiempo, EE.UU. no solo resulta ser
el mayor consumidor de drogas mundial, sino también el mayor promotor del
narcotráfico global, debido a esa demanda insaciable, combinada con sus
políticas fracasadas, criminales o ambas, a la hora de 'enfrentarlo'.
Fracasos y criminalidad
exacerbadas, además, por el uso políticamente interesado que, históricamente,
Washington hace de ellas. Y aunque Donald Trump no esté creando esas y otras
contradicciones, sin duda está logrando que se vuelvan cada vez más y más evidentes.

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