Apoyar a Venezuela respetando la Constitución de Estados Unidos
La intervención militar de Estados Unidos en Venezuela ha suscitado críticas por su falta de autorización del Congreso
Durante años, el pueblo venezolano ha sufrido la represión, el colapso económico, la migración forzada y la negación sistemática de sus derechos fundamentales. Su clamor por libertad y democracia es legítimo y merece el respaldo inequívoco de la comunidad internacional.
Recuerdo vivamente la noche
del domingo 28 de julio de 2024, cuando se celebraban las elecciones
presidenciales en Venezuela. Junto a mis constituyentes venezolanos y a muchos
latinos, seguí el conteo de votos con esperanza, solo para presenciar, con indignación
y dolor, cómo la dictadura se robaba las elecciones de manera descarada.
Aquellos comicios no fueron ni
libres ni justos. Se realizaron en un contexto en el que el régimen de Nicolás
Maduro controlaba todos los poderes del Estado y reprimía sistemáticamente a la
oposición política.
Ante todos estos
acontecimientos, como miembro de la Cámara de Representantes y presidente del
Caucus Hispano del Congreso, debo subrayar que mi deber principal es con la
Constitución de los Estados Unidos.
Aunque se haya alcanzado un
desenlace que muchos celebraron —la captura del dictador Maduro—, con la mente
fría y el sentido de responsabilidad que exige mi cargo, debo advertir que la
reciente acción militar ordenada por el presidente Donald Trump en Venezuela
constituye una grave violación de la Constitución, al haberse ejecutado sin la
autorización ni la notificación previa al Congreso, tal como lo exige
claramente nuestro sistema democrático.
Una vez más, el presidente
Trump ha optado por ignorar la autoridad del Congreso y actuar de manera
arbitraria, utilizando la fuerza militar como herramienta política.
Este comportamiento no solo es
peligroso, sino que sienta un precedente alarmante que erosiona el equilibrio
de poderes y debilita el Estado de derecho que juramos defender. El Congreso
debe actuar con firmeza para impedir que cualquier presidente —sin importar su
partido— arrastre a nuestro país a conflictos armados sin el debido control
constitucional.
Reconozco que, para millones
de venezolanos, estos acontecimientos pueden interpretarse como el inicio del
fin de una dictadura que ha causado un sufrimiento inconmensurable. Comprendo
esa esperanza. Pero sería un error histórico que Estados Unidos se embarcara,
una vez más, en una nueva guerra en el extranjero, sin un plan claro y sin el
respaldo del pueblo estadounidense.
Tras escuchar al presidente y
observar los acontecimientos de este fin de semana, me preocupa profundamente
que esta Administración no cuente con una estrategia definida para el retorno
de Venezuela a la democracia que no implique nuevas acciones militares ni una
peligrosa escalada del caos.
La historia demuestra que las
intervenciones armadas, aun cuando se presentan con discursos de liberación,
con demasiada frecuencia terminan prolongando el sufrimiento de los pueblos que
dicen ayudar.
Debemos rechazar
categóricamente la idea de que Estados Unidos pueda o deba gobernar otro país.
El pueblo venezolano debe gobernar Venezuela. Nuestro rol debe ser el de
acompañar, facilitar soluciones diplomáticas, fortalecer la presión
internacional multilateral y apoyar una transición democrática liderada por los
propios venezolanos.
Esta convicción no surge del
vacío. Hace varios años publiqué en la Harvard Journal on Legislation el ensayo
titulado "Reparando los daños causados por las intervenciones militares
ilícitas del pasado: el caso de la República Dominicana".
En él examino cómo las
ocupaciones y las intervenciones militares de Estados Unidos en América Latina
y el Caribe durante el siglo XX violaron el derecho internacional, socavaron la
soberanía de naciones hermanas y dejaron consecuencias profundas que aún
persisten.
La República Dominicana —mi
país de origen— conoce bien esas heridas. Las ocupaciones militares, los golpes
de Estado y el respaldo a regímenes autoritarios con el de Trujillo no trajeron
estabilidad ni democracia duradera; por el contrario, generaron traumas
colectivos, autoritarismo y migraciones masivas. Estas lecciones históricas
deben guiarnos hoy.
Por esa razón, reintroduje la
Ley de la Comisión de las Ocupaciones Norteamericanas, una legislación
histórica —la primera en el Congreso con nombre en español— que busca examinar
con honestidad las consecuencias de esas intervenciones y recomendar vías de
reparación, reconciliación y una disculpa formal. No se trata de reescribir la
historia, sino de aprender de ella para no repetir los mismos errores.
Resulta particularmente
preocupante que esta acción militar ocurra a pesar de que los estadounidenses
se oponen de manera abrumadora a cualquier intervención armada en Venezuela.
La decisión del presidente
demuestra, una vez más, su desconexión con las verdaderas prioridades del
pueblo: una economía más justa, empleos dignos y un sistema de salud asequible.
Todo esto sucede, además,
mientras han expirado los créditos fiscales de la Ley de Cuidado de Salud a
Bajo Precio y el costo de la vida continúa haciendo que la vida sea inasequible
para demasiadas familias trabajadoras.
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