El Caribe en convulsión
POR EMELYN HERASME
Las islas del Caribe sufren
hoy lo que Virgilio Piñera denunció con amarga precisión: “la maldita
circunstancia del agua por todos lados”.
El mar que abraza es también
muro, el horizonte que promete libertad es cadena perpetua. Rodeadas por todas
partes, las islas viven en una fragilidad eterna, expuestas al embate de los
vientos, a la furia de los huracanes, al aislamiento que ahoga sueños y a la
dependencia que dicta destinos desde lejos.
Nuestra región de mares
turquesa y ritmos eternos enfrenta ahora una tormenta silenciosa que no llega
con vientos huracanados, sino con una orden ejecutiva firmada por Donald Trump
el pasado 29 de enero.
Washington dice que es una
medida contra el “Gobierno de Cuba” lo que en realidad es un golpe expansivo
que amenaza con asfixiar no solo a la isla, condenada por el agua que la cerca,
sino a toda una región del Caribe ya frágil y vulnerable.
La orden declara una
emergencia nacional por la supuesta “amenaza inusual y extraordinaria” que
representa Cuba para la seguridad de Estados Unidos. Con base en leyes como la
IEEPA, impone aranceles a cualquier país que suministre petróleo a la isla, afectando
directamente a Venezuela y México, y generando ondas de choque en el frágil
equilibrio energético caribeño.
En Cuba, el corte de
combustible significará apagones más prolongados, hospitales al límite y
familias que verán empeorada su lucha diaria por lo básico.
Pero el impacto no se detiene
en La Habana: el encarecimiento del petróleo y los mayores controles marítimos
elevarán los costos de vida en República Dominicana, Jamaica, Haití y a las
Antillas Menores que dependen de rutas compartidas.
La hipocresía es evidente.
Estados Unidos castiga a naciones por comerciar con Cuba mientras mantiene
relaciones comerciales fluidas con regímenes autoritarios cuando le conviene.
Esta selectividad lejos de “defender” la democracia, esto refuerza un orden
hemisférico donde la soberanía de los países pequeños solo vale si se alinea
con los intereses de Washington.
El Caribe vive de la
interdependencia: puertos de tránsito, reexportación de combustibles, remesas y
la cooperación médica cubana que ha salvado innumerables vidas en toda la
región.
Parafraseando a Silvio
Rodríguez, Cuba sin bloqueo sería un país aún más generoso y solidario. Sin
embargo, esta nueva orden genera un sobre-cumplimiento preventivo: bancos
cerrarán cuentas, empresas evitarán rutas y programas de salud conjuntos se
paralizarán por miedo a sanciones secundarias.
Miles de familias caribeñas ya
separadas por la migración verán cómo la crisis cubana intensifica el éxodo.
Jóvenes que sueñan con un futuro mejor tendrán más barreras, mientras el
aumento de costos energéticos golpeará a los más pobres: madres que no podrán
cocinar, estudiantes sin luz para estudiar, comunidades enteras al borde del
colapso.
Esta política, lejos de
debilitar a un gobierno, castiga a pueblos enteros. Refuerza una lógica
imperial que trata al Caribe como patio trasero y que ignora la estabilidad
regional que depende de la cooperación, no de la coerción. La vulnerabilidad
histórica de la región, huracanes, deuda, cambio climático, no resiste más
agresiones externas.
El Caribe no puede permitirse
la fragmentación. Los países de CARICOM, CELAC y la OEA deben rechazar esta
escalada y defender la soberanía energética y comercial colectiva. La
cooperación Sur-Sur, especialmente la solidaridad médica cubana, ha sido un faro;
hoy necesita ser protegida.
No dejemos a Cuba sola. Su
dolor es nuestro dolor; su asfixia amenaza nuestra propia respiración. La
región debe alzar una voz unitaria contra esta política que, en nombre de la
seguridad estadounidense, pone en convulsión a millones de caribeños.
Es hora de elegir. O aceptamos
ser peones en el tablero de una potencia extranjera, o levantamos juntos un
Caribe soberano, solidario y libre. La historia nos juzgará por lo que hagamos
hoy. No seamos cómplices del silencio. Recordemos nuestra profunda vocación, la
que resuena en el himno dominicano: ¡siervos de nuevo, jamás!

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