China no va a rescatar a Trump
El presidente estadounidense tiene más posibilidades de convencer a sus socios de la OTAN para que le presten ayuda, porque ¿cuál sería el incentivo de China. ¿Por qué interrumpir a su enemigo mientras está cometiendo un error? Está claro que China no tiene intención de enviar dragaminas al estrecho de Ormuz.
Guerras, el drama de la
inteligencia artificial (IA), algún que otro premio de paz: el mundo ya tenía
una larga lista de acontecimientos en 2026. Pero nunca anticipamos que
incluiría el momento en que Donald Trump instaría a China a enviar buques al
Medio Oriente. La petición del presidente estadounidense de ayuda china es un
evento de "cisne negro".
En una era de rivalidad entre
grandes potencias, la potencia hegemónica está invitando a su principal rival a
que la ayude a salir de la región más inflamable del mundo. Leamos eso una vez
más. Luego reflexionemos sobre cuál es el incentivo de China. ¿Por qué
interrumpir a su enemigo mientras está cometiendo un error?
Está claro que China no tiene
intención de enviar dragaminas al estrecho de Ormuz. La pregunta es si Xi
Jinping quiere ver a Trump acorralado. Una cosa es que China obtenga una
ventaja diplomática sobre EE. UU.; otra muy distinta es poner a prueba si Trump
es el Dr. Strangelove.
Cuanto peor le vayan las cosas
a Trump en el Golfo, más tentado se sentirá a arriesgarse. La invasión de Irak
por parte de George W. Bush en 2003 terminó siendo una ganancia geopolítica
imprevista para China. La presencia de tropas estadounidenses en Irán podría
ser al menos igual de importante.
No obstante, la propuesta de
Trump a China tiene sentido. Dado que aproximadamente la mitad de las
importaciones de petróleo de China pasan por el estrecho de Ormuz, en
comparación con casi nada para EE. UU., Xi tiene un mayor interés a largo plazo
en la estabilidad del Medio Oriente que EE. UU.
Esa fue una de las razones por
las que Joe Biden elogió a China por haber mediado en un acercamiento entre
Arabia Saudita e Irán en 2023.
La esperanza era que los días
en que China se aprovechaba de la seguridad marítima de EE. UU. hubieran
llegado a su fin. En aquel momento, eso parecía plausible. Sin embargo, en el
Medio Oriente actual, plagado de drones, Pekín se conforma con ser un espectador
más.
No obstante, China también
teme la inestabilidad. Desde su reelección en 2024, Trump ha estado presionando
a Xi para que organice una cumbre.
El pasado abril, sin embargo,
Trump lanzó una guerra económica contra China, que era su mayor objetivo para
el "día de la liberación", con aranceles que alcanzaron el 145 por
ciento. Tras el embargo de tierras raras por parte de China, ambos llegaron a
una tregua en octubre del pasado año. Eso allanó el camino para que Xi invitara
a Trump a China.
Desde el punto de vista de Xi,
el objetivo de la cumbre sería estabilizar las relaciones entre EE. UU. y
China. Hasta que EE. UU. atacó a Irán el 28 de febrero, el propósito de Trump
era más difuso. Lo único que tiene en mente ahora es salir de un conflicto que
podría arruinar su presidencia. Trump necesita toda la ayuda que pueda
conseguir, incluso de China.
Sin embargo, era evidente que
le repugnaba que lo fotografiaran en un podio junto a Xi mientras la guerra con
Irán sigue en pleno apogeo.
La imagen de cualquier
presidente estadounidense —y mucho menos de Trump— dirigiéndose a la Ciudad
Prohibida en actitud suplicante resulta demasiado escandalosa. En una
entrevista concedida el domingo al Financial Times (FT), Trump planteó la
posibilidad de posponer la cumbre, que estaba prevista del 31 de marzo al 2 de
abril.
El lunes la pospuso. En la
entrevista, dijo que se necesitaría la ayuda de China en el Golfo antes de
reunirse con Xi, sea cuando sea. Dado que Trump sabe que hay pocas
posibilidades de que China envíe personal al foco de conflicto más peligroso
del mundo, debemos tomar con cautela la razón del aplazamiento del presidente.
Lo cual deja al mundo en un
estado de incertidumbre. Trump tiene más posibilidades de conseguir la ayuda de
los socios de la OTAN, incluyendo Gran Bretaña.
Sin embargo, incluso en ese
caso, les ha hecho muy difícil a los aliados de EE. UU. decir que sí. Para
empezar, no se les consultó sobre una guerra que ninguno de ellos habría
aconsejado. En segundo lugar, la OTAN es una organización de autodefensa.
Eso significa que un ataque
contra uno se considera un ataque contra todos. No significa que un ataque
unilateral de uno contra un tercero deba ser secundado por los demás miembros,
especialmente cuando consideran que esa guerra es injustificada.
La diferencia es que Trump
puede infligirle un daño real a Europa por negarse a ayudarlo. Ya suspendió las
sanciones petroleras contra Rusia, lo que está llenando las arcas de Vladímir
Putin. Eso, sumado al hecho de que hay muchos menos misiles Patriot disponibles
para Ucrania, es un duro golpe para la seguridad europea.
A Trump no le preocupan las
pruebas de que Putin está ayudando a Irán a atacar objetivos militares
estadounidenses.
Vetar el acuerdo de Gran
Bretaña con Mauricio sobre la isla de Diego García es una amenaza que estuvo a
punto de llevar a cabo antes de la guerra. Retener información de inteligencia
a Ucrania es otra.
Por el contrario, China es un
enigma que Trump no ha sabido descifrar. Mientras Pekín tenga un control
absoluto sobre las tierras raras, EE. UU. se encuentra en desventaja.
A los consumidores chinos les
desagradan los precios altos del petróleo tanto como a los estadounidenses.
Hasta que Trump pospuso la cumbre, China dijo que quería que se llevara a cabo
según lo previsto.
Pero Trump ahora está atrapado
en una trampa que él mismo creó. Es bien sabido que dos semanas es mucho tiempo
a los ojos del presidente estadounidense. Lo cual significa que está ajustando
su mentalidad para una guerra larga.
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