Trump, Putin y la guerra invisible del petróleo
Victor Grimaldi Céspedes
Las guerras modernas ya no se libran solamente con misiles, drones o bombardeos de precisión. También se libran con barriles de petróleo.
En el tablero del poder
mundial, la energía sigue siendo un arma tan decisiva como cualquier sistema
militar.
En medio de la crisis
provocada por el conflicto con Irán y por la amenaza al tráfico marítimo en el
estrecho de Ormuz, la administración del presidente Donald Trump ha tomado una
decisión que hace apenas unos meses habría parecido impensable: permitir temporalmente
que el petróleo ruso vuelva a circular con mayor libertad en el mercado
mundial.
La medida, confirmada por el
Departamento del Tesoro de Estados Unidos, suspende por algunas semanas ciertas
sanciones que afectaban cargamentos de petróleo ruso que ya se encontraban en
el mar.
El objetivo es inmediato y
pragmático: aumentar rápidamente la oferta mundial de crudo para contener el
alza de precios provocada por la guerra.
La decisión revela hasta qué
punto el conflicto en el Golfo Pérsico está transformando la geopolítica
energética del planeta.
Durante los últimos años,
Estados Unidos y sus aliados occidentales habían impuesto severas sanciones
contra Rusia tras la invasión de Ucrania.
Esas sanciones buscaban
limitar la capacidad de Moscú para financiar su guerra mediante las
exportaciones de petróleo.
Pero las guerras suelen
producir paradojas.Hoy Washington necesita que el petróleo fluya, incluso si
ese petróleo proviene de Rusia.
Y en ese punto aparece
inevitablemente la figura de Vladimir Putin.
Para el Kremlin, cada crisis
energética mundial es también una oportunidad estratégica.
Rusia sigue siendo una de las
mayores potencias energéticas del planeta. Su capacidad para exportar petróleo
y gas le permite influir en mercados, gobiernos y decisiones geopolíticas.
Cuando los precios suben,
Moscú gana margen financiero
Cuando el suministro se vuelve
incierto, el petróleo ruso se convierte en un recurso aún más valioso.
La guerra en torno a Irán y el
estrecho de Ormuz ha colocado nuevamente ese factor en el centro del tablero.
Según estimaciones citadas por
diversos análisis internacionales, liberar los cargamentos de petróleo ruso que
ya se encontraban en el mar podría añadir cientos de millones de barriles al
mercado mundial y ayudar a frenar precios que habían comenzado a acercarse a
los cien dólares por barril.
La lógica económica es
sencilla. Si el estrecho de Ormuz —por donde transita aproximadamente una
quinta parte del petróleo del planeta— se vuelve inseguro o parcialmente
bloqueado, el mercado necesita otras fuentes de suministro. Rusia es una de las
pocas capaces de compensar rápidamente esa pérdida.
Pero la decisión tiene
implicaciones políticas profundas.
Al aliviar temporalmente las
sanciones, Estados Unidos reconoce implícitamente una realidad incómoda: en
momentos de crisis energética global, incluso los rivales estratégicos pueden
convertirse en proveedores indispensables.
En el trasfondo de esta crisis
aparece así una escena geopolítica compleja: Trump intentando estabilizar el
mercado energético mundial, mientras Putin observa cómo la centralidad
energética de Rusia vuelve a adquirir importancia.
No se trata de una alianza.
Se trata de una
interdependencia forzada por la realidad del sistema energético mundial.
El propio secretario del
Tesoro estadounidense ha admitido que la medida podría generar algún beneficio
financiero para Moscú, aunque insiste en que se trata de una decisión temporal
destinada a estabilizar los mercados.
Sin embargo, en la política
internacional, pocas decisiones son realmente temporales. Cada concesión abre
nuevas puertas, y cada puerta crea nuevas dependencias.
La paradoja de esta guerra es
evidente. Mientras Estados Unidos combate militarmente a Irán para impedir que
controle una de las rutas energéticas más importantes del planeta, se ve
obligado a flexibilizar sanciones contra Rusia para garantizar que el petróleo
continúe circulando.
Pero la guerra energética no
se desarrolla únicamente en los despachos de Washington ni en los cálculos
estratégicos del Kremlin.También se libra en el estrecho de Ormuz.
En las guerras modernas, el
débil rara vez derrota al fuerte en el campo de batalla.
Pero puede obligarlo a pagar
un precio cada vez más alto por su superioridad militar.Eso es precisamente lo
que está intentando hacer Irán.
Tras los devastadores ataques
iniciales de Estados Unidos e Israel contra objetivos iraníes, muchos
observadores pensaron que el régimen de Teherán quedaría paralizado.
La superioridad tecnológica
occidental parecía abrumadora.
Sin embargo, la historia
militar está llena de sorpresas. Irán no respondió tratando de derrotar
directamente a la maquinaria militar estadounidense.
Eligió otra estrategia:
golpear donde más duele, en el corazón mismo de la economía mundial.El
instrumento es el estrecho de Ormuz.
Por ese corredor marítimo —una
franja relativamente estrecha de agua entre Irán y Omán— circulaba antes del
conflicto cerca de una quinta parte del petróleo que consume el planeta.
Quien controla ese paso no
solo tiene influencia sobre el Golfo Pérsico. Tiene influencia sobre la
economía mundial.
Irán ha comenzado a utilizar
tácticas clásicas de guerra naval asimétrica: ataques contra petroleros,
amenazas contra la navegación comercial y la posible colocación de minas
marinas. No se trata de destruir flotas enemigas.
Se trata de sembrar incertidumbre.
Cuando el riesgo aumenta, las
primas de los seguros marítimos se disparan, los armadores evitan la zona y el
flujo comercial empieza a ralentizarse.
El efecto es inmediato: suben
los precios del petróleo, los mercados financieros se agitan y un conflicto
regional empieza a tener consecuencias globales.
La estrategia responde a una
lógica bien conocida en la historia militar.
Cuando un país no puede
derrotar directamente a su adversario en el terreno militar, intenta aumentar
el costo económico y político de la guerra hasta que el enemigo pierda la
voluntad de continuar.
Irán no puede competir con la
aviación estadounidense ni con la tecnología militar de Israel.Pero sí puede
amenazar la arteria energética del planeta.Ese es el verdadero dilema que
enfrenta ahora Washington.
Si Estados Unidos intensifica
sus ataques para destruir completamente la capacidad naval iraní, corre el
riesgo de ampliar la guerra en toda la región.
Si se reduce la presión
militar, Teherán podría interpretar ese gesto como una victoria estratégica.
Mientras tanto, la Marina
estadounidense prepara escoltas para proteger a los petroleros y despliega
operaciones destinadas a detectar y neutralizar posibles minas en el estrecho.
La escena recuerda
inevitablemente episodios de la década de 1980 durante la llamada “guerra de
los petroleros” entre Irán e Irak. Pero el mundo actual es mucho más
interdependiente.
La economía global está más
conectada que nunca. Un bloqueo prolongado en Ormuz no solo afectaría a Medio
Oriente. Golpearía a Europa, Asia, América Latina y África. Subirían los costos
del transporte, de los alimentos y de la energía. Y podrían desencadenarse
nuevas tensiones económicas internacionales.
Por eso, incluso debilitado
militarmente, Irán ha demostrado que todavía posee una herramienta estratégica
poderosa.
No necesita ganar la guerra.
Le basta con demostrar que
puede hacerla demasiado costosa.
Detrás de los misiles, de los
drones y de las declaraciones militares que dominan los titulares, existe otra
batalla menos visible, pero igual de decisiva.
Una guerra donde Trump intenta
estabilizar el mercado, Putin observa el retorno del peso energético de Rusia y
Teherán amenaza con cerrar la arteria petrolera más importante del planeta.
Es la guerra por el suministro
energético del mundo.
Y en esa guerra, cada barril
cuenta.
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