El suicidio de la superpotencia estadounidense
Por Timothy Snyder
TORONTO—Estados Unidos está gastando miles de millones de dólares para perder una guerra en Irán que enriquece a sus oligarcas, empobrece a sus ciudadanos, sabotea sus alianzas y fortalece a sus enemigos.
La guerra pone de manifiesto
un principio rector de la política exterior del presidente Donald Trump: el
suicidio de una superpotencia. Los imperios surgen y caen, pero que yo sepa,
jamás un Estado destruyó su poder de modo intencional y sistemático (y menos
aún con tanta rapidez).
Admitir este suicidio
estratégico puede ser difícil; ojalá las desventuras de Trump se basaran en
cierta idea del interés nacional estadounidense. Pero no es así.
Como mínimo, una
superpotencia debe ser un Estado moderno que incluya (a través del Estado de
derecho y otras instituciones) un conjunto sustancial de ciudadanos
comprometidos con un esfuerzo común.
Pero la administración Trump
trata a Estados Unidos no como un Estado moderno, sino como una oportunidad
comercial para unos pocos elegidos.
Una superpotencia también
debe tener una idea de interés nacional. Aunque hay divergencias entre los
expertos en relaciones internacionales respecto del modo en que las dirigencias
definen ese concepto, lo que nadie esperaba era una situación en la que el
presidente fuera indiferente al bien del pueblo o del Estado.
Para seguir siendo
superpotencia, un Estado también debe mantenerse en el tiempo. Y esa
continuidad depende de un principio de transmisión de la autoridad política.
Pero con sus aspiraciones de
permanecer en el poder por tiempo indefinido y sus ataques a la credibilidad de
las elecciones, Trump está poniendo en tela de juicio el principio de la
sucesión política en Estados Unidos.
Por supuesto, hay otros
modos de sucesión, por ejemplo, por transmisión dinástica o decisión de un
politburó. Pero la adopción de un sistema semejante (y en tal sentido,
podríamos imaginar un politburó capitalista en la camarilla de tecnooligarcas
que impulsó el ascenso del vicepresidente J. D. Vance) acabaría con la
república estadounidense.
Para que un Estado obtenga y
conserve el poder, es fundamental que estén al mando las personas correctas. A
lo largo de la historia, los Estados poderosos buscaron formas de identificar
personas cualificadas y promoverlas a puestos de autoridad, sin distinción de
nacimiento. La antigua China tenía un sistema de exámenes. Napoleón puso como
principio el mérito, tanto en la vida civil como en la militar.
Estados Unidos, por su
parte, tuvo en otros tiempos un funcionariado que era la envidia del mundo,
además de fuerzas armadas altamente meritocráticas.
Pero la administración Trump
desvirtuó la función pública y purgó los altos mandos militares, y el proceso
lo llevaron adelante personas no cualificadas para los cargos que ocupan.
Que Tulsi Gabbard, Kash
Patel y Pete Hegseth sean directora de inteligencia nacional, director del FBI
y secretario de defensa, respectivamente, es claro indicio de una superpotencia
que se suicida.
En un nivel más profundo,
una superpotencia debe tener un sistema educativo capaz de preparar a su
población (y, por ende, a su dirigencia política) para enfrentar los desafíos
globales.
Pero en los Estados Unidos
de Trump, se priva de recursos a la educación pública, se castiga a las
universidades que defienden la libertad académica y se eliminan libros útiles
de las bibliotecas de las escuelas (e incluso de las academias militares).
Asimismo, el ascenso de
muchas grandes potencias se basó en la ciencia, pero ahora en los Estados
Unidos de Trump la ciencia está bajo ataque.
Igual que los antiguos
mesopotámicos, cuyos astrónomos idearon métodos científicos para cartografiar
los cielos, y los romanos, que pusieron en práctica la ciencia griega para
construir y defender un imperio, Estados Unidos se convirtió en superpotencia mediante
la creación de instituciones estatales encargadas de financiar la ciencia y
atraer científicos (a menudo inmigrantes).
Pero la administración Trump
lanzó una ofensiva asombrosa contra la ciencia. Desfinancia la investigación
por motivos ideológicos, desalienta la radicación en Estados Unidos de
científicos (noveles y expertos) y pone en duda hallazgos fundamentales de la
ciencia, por ejemplo el cambio climático antropogénico.
Por eso la administración
Trump paró en seco la transición energética de Estados Unidos, y en su lugar,
subsidia los combustibles fósiles (que ya van quedando obsoletos en términos
ecológicos y económicos). Como demuestra un magnífico libro que está por salir,
las sociedades que se adelantan a adoptar nuevas formas de energía prosperan, y
las otras fracasan. Tal vez sea la verdad más profunda de la historia de la
humanidad, y eso convierte la decisión de Trump en un error existencial que
acelerará la pérdida de relevancia de los Estados Unidos y mejorará la posición
de China, su principal rival y superpotencia mundial en energías limpias.
Lo mismo se aplica a las
tecnologías e innovaciones que sostienen el poder militar. Estados Unidos
siempre gastó cifras astronómicas en armamento, pero este gobierno prioriza
equipamientos del pasado, por ejemplo una nueva clase de buques de guerra que llevarán
el nombre de Trump.
El plan es pura fantasía.
Incluso si se los termina construyendo, serán totalmente inadecuados para la
guerra moderna (de la que el conflicto ultratecnológico entre Rusia y Ucrania
nos da un primer atisbo). Esos buques están hundidos antes de zarpar.
La guerra en Ucrania es un
ejemplo claro del desdén de la administración Trump hacia el arte de la
diplomacia y su preferencia por negociar «acuerdos». Pero hay abundantes
pruebas de que Trump no sabe negociar, y esto incluye su sumisión al presidente
ruso Vladímir Putin. Además, maltrata y margina a aliados de Estados Unidos por
motivos puramente personales.
Sin una idea de interés
nacional, no puede haber comprensión de la utilidad de las alianzas. Tampoco
puede haber apreciación del sistema internacional (leyes, reglas y normas en
las que se basó la primacía global de Estados Unidos). Cuesta expresar hasta
qué punto la postura de Trump es primitiva y hasta qué punto alegra a los
enemigos de Estados Unidos.
Lo cual nos lleva de vuelta
a Irán. En los enfrentamientos internacionales, las superpotencias ganan al
menos parte del tiempo. Pero la administración Trump pierde una y otra vez. La
guerra contra Irán es una clara derrota estratégica; si Estados Unidos tuvo en
ella algún objetivo, no lo consiguió.
Las políticas de Trump
dejaron más uranio enriquecido en manos de un régimen iraní más intransigente y
provisto de nuevas fuentes de poder económico (el control del estrecho de Ormuz
y la intimidación a los Estados del Golfo); al mismo tiempo, eliminaron casi
cualquier posibilidad de que Estados Unidos ejerza influencia en la sociedad
iraní.
Además, el gobierno
estadounidense celebra la derrota con un simbolismo propio de Estados en
declive. Basta pensar en la comparación que hizo Hegseth entre el rescate de un
piloto estadounidense derribado y la resurrección de Jesús: una blasfemia tan
chirriante que tal vez nos distraiga de la impotencia estratégica que esconde.
Esas imágenes cristológicas
se suelen usar para transformar derrotas reales en victorias imaginarias. Por
ejemplo, el romanticismo polaco vio en el derrumbe de una república (causado
ante todo por la desigualdad de la riqueza) una prueba de que Polonia era el
«Cristo de las naciones».
Finalmente, muchos Estados
pierden poder porque ya no pueden mantenerlo. Por primera vez desde 1945, la
deuda nacional de los Estados Unidos es mayor que su PIB.
La comparación es útil: un
déficit elevado es normal en el contexto de un desafío como la Segunda Guerra
Mundial. Pero la administración Trump incurre en déficit por una razón
totalmente diferente: para no cobrar impuestos a personas y corporaciones adineradas.
La idea del Estado como un
servicio para los ultrarricos es incompatible con ganar guerras o con mantener
los servicios sociales que permiten el funcionamiento de una sociedad moderna.
Ya no tiene sentido hablar
de reformas, porque el suicidio de la superpotencia estadounidense bajo Trump
es un síntoma de desigualdades y distorsiones democráticas que hicieron posible
una payasada estratégica como nunca antes se vio en la historia.
Lo que hizo de Estados
Unidos una superpotencia también habilitó este intento de autodestrucción. En
vez de tratar de volver al statu quo anterior, necesitamos un esfuerzo denodado
en pos de reestructurar la política estadounidense de modos que otorguen a la
ciudadanía más poder para crear un futuro más justo.
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