Ningún partido tiene hoy apoyo para irse en primera vuelta en el 2028
Santo Domingo------Ningún partido político tiene hoy en República Dominicana apoyo suficiente para garantizar una victoria en primera vuelta.
La nueva encuesta
Gallup-Diario Libre muestra un escenario fragmentado donde el Partido
Revolucionario Moderno (PRM) lidera la simpatía partidaria con 30.4 %, mientras
la Fuerza del Pueblo y el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) aparecen
prácticamente empatados en torno al 19 %. Más significativo todavía es que el
23.5 % de los entrevistados afirma no simpatizar con ninguna organización
política.
Ese dato revela un sistema
político menos dominado por lealtades rígidas y más condicionado por liderazgos
individuales, percepción de gestión y capacidad de atraer independientes.
La elección de 2028 comienza
a perfilarse, por tanto, como una competencia abierta, donde ninguna fuerza
parece tener asegurado un dominio automático del electorado.
Dentro de ese panorama,
David Collado abrió ventaja en la carrera presidencial del PRM, Leonel
Fernández consolidó su control sobre la Fuerza del Pueblo y el PLD volvió a
exhibir sus dificultades para reconstruir un liderazgo competitivo.
Más que una simple medición
de preferencias, el estudio ofrece una fotografía temprana de la sucesión
presidencial y deja ver cuáles liderazgos logran expandirse más allá de sus
estructuras partidarias y cuáles continúan atrapados en sus propias limitaciones
internas.
En el oficialismo, el dato
más contundente es el posicionamiento de David Collado. Entre los simpatizantes
del Partido Revolucionario Moderno, el actual ministro de Turismo alcanza un
61.8 % de preferencia como eventual candidato presidencial, muy por encima de
Carolina Mejía, que registra 21.1 %.
Más atrás aparecen Raquel
Peña con 2.5 %, José Ignacio Paliza con 1.3 %, Guido Gómez Mazara y Yayo Sanz
Lovatón con 1 %, Wellington Arnaud con 0.8 %, y Jean Luis Rodríguez y Andrés
Cueto con apenas 0.3 %.
El resultado revela un
fenómeno de concentración política. Collado prácticamente monopoliza el
imaginario sucesoral del PRM.
En sistemas presidenciales
como el dominicano, donde la percepción de viabilidad suele pesar tanto como la
estructura partidaria, una ventaja de cuarenta puntos tiende a desalentar
adversarios internos, acelerar alineamientos y generar sensación de inevitabilidad.
Su fortaleza interna se
complementa con otro dato decisivo: encabeza el ranking nacional de
favorabilidad con 60.8 % de imagen positiva, por encima de todos los líderes
medidos.
Ese doble posicionamiento
-liderazgo interno y aceptación externa- convierte a Collado en una figura
particularmente competitiva. Muchos dirigentes dominan sus partidos, pero
generan altos niveles de rechazo fuera de ellos. Otros tienen buena imagen pública,
pero poco arraigo interno. Collado parece haber resuelto, al menos por ahora,
ambas ecuaciones.
El electorado parece premiar
perfiles asociados a gestión y eficiencia más que a confrontación ideológica.
Su posicionamiento luce menos vinculado al discurso partidario tradicional y
más a una narrativa gerencial construida desde el turismo, la ciudad y la
administración pública.
Carolina Mejía, con 21.1 %,
aparece como la segunda figura relevante del PRM, aunque a una distancia
considerable. Su capital político sigue siendo importante, especialmente por su
proyección municipal y el peso histórico de su apellido dentro del perremeísmo.
Sin embargo, la fotografía de Gallup muestra una competencia interna claramente
inclinada hacia Collado.
El PRM, no obstante,
enfrenta un desafío delicado: administrar la sucesión sin fracturas. La
historia política dominicana está llena de oficialismos sólidos que comenzaron
a dividirse cuando llegó el momento de decidir el relevo presidencial.
En la Fuerza del Pueblo, el
liderazgo sigue teniendo nombre propio: Leonel Fernández. Entre los
simpatizantes de esa organización, el expresidente obtiene 64.9 % de apoyo como
opción presidencial, frente al 31.7 % de Omar Fernández.
El dato confirma que Leonel
continúa siendo el centro de gravedad del partido que fundó tras su salida del
PLD. Sin embargo, la encuesta revela algo más profundo que una simple
ratificación de liderazgo: la coexistencia entre un liderazgo histórico consolidado
y una transición generacional silenciosa.
Leonel domina la estructura,
conserva autoridad partidaria y mantiene el peso simbólico de haber construido
una maquinaria política propia. Pero Omar empieza a ocupar el espacio de la
expectativa futura.
Ese fenómeno se refleja en
la medición de imagen pública. Omar Fernández alcanza 54.2 % de valoración
positiva nacional, ligeramente por encima del 52.8 % de Leonel.
La diferencia parece
pequeña, pero políticamente resulta significativa. Omar carga menos desgaste,
genera menos rechazo y conecta mejor con segmentos urbanos y jóvenes que no
vivieron directamente los años de hegemonía peledeísta. Mientras Leonel representa
experiencia y capacidad política, Omar proyecta renovación sin ruptura.
La Fuerza del Pueblo
enfrenta así una paradoja estratégica. Su principal activo electoral sigue
siendo Leonel Fernández, pero su figura de mayor potencial expansivo podría ser
Omar. El desafío será administrar esa transición sin afectar la cohesión interna
ni debilitar el liderazgo del expresidente.
En el PLD, en cambio, el
panorama es más complejo. Gonzalo Castillo encabeza las preferencias internas
con 48.3 %, mientras Abel Martínez aparece en segundo lugar con 25.3 %. Más
rezagados figuran Francisco Javier García con 1.7 %, Margarita Cedeño con 1.1
%, Domínguez Brito con 1 % y Charlie Mariotti con 0.7 %.
Llama la atención, además,
que un 21.8 % responda "ninguno", un indicador de vacío o desconexión
interna que no aparece con igual magnitud en el PRM ni en la Fuerza del Pueblo.
A primera vista, Gonzalo
muestra una ventaja clara. Pero el problema del PLD ya no parece ser únicamente
de candidaturas. Es un problema de narrativa, identidad y autoridad política.
Después de gobernar durante
dos décadas y construir el aparato electoral más poderoso del sistema, el
partido todavía no encuentra una explicación convincente para su caída ni una
propuesta capaz de diferenciarlo claramente de la Fuerza del Pueblo.
La encuesta refleja
precisamente esa dificultad. En simpatía partidaria nacional, el PLD registra
19.5 %, prácticamente empatado con la Fuerza del Pueblo, que alcanza 19.6 %,
mientras el PRM conserva una ventaja más amplia con 30.4 %.
Ese empate tiene una enorme
carga simbólica. Significa que el partido que dominó la política dominicana
durante veinte años ya no logra imponerse claramente sobre la organización
nacida de su propia división.
Pero hay otro elemento
todavía más delicado. Mientras la Fuerza del Pueblo logró reorganizarse
alrededor de un liderazgo fuerte y reconocible, el PLD sigue transmitiendo
dispersión. Gonzalo lidera internamente, pero no aparece como una figura
expansiva en el escenario nacional. Abel conserva presencia política, pero no
logra consolidarse como eje unificador.
El PLD enfrenta así el
problema más difícil para un partido que fue hegemónico: aceptar que el sistema
político cambió. Durante años, la organización construyó su fuerza sobre
disciplina interna, eficacia electoral y control institucional. Tras perder el
poder y fragmentarse, ninguna de esas fortalezas luce completamente intacta.
El estudio también midió a
los partidos minoritarios y el resultado confirma su escasa gravitación en este
momento del ciclo político. Ramfis Trujillo aparece al frente con apenas 2 %,
seguido de Yadira Marte con 1.9 %, Guillermo Moreno con 1.4 % y Roque Espaillat
con 1 %.
Más abajo figuran Miguel
Vargas con 0.5 %, Carlos Peña con 0.4 %, Rafael Peña García, Pelegrín Castillo
y Luis Acosta Moreta con 0.1 % cada uno. Sin embargo, el dato verdaderamente
revelador es otro: 92.4 % respondió "ninguno".
Ese porcentaje revela la
incapacidad del sistema minoritario para capitalizar el desgaste parcial de los
partidos tradicionales. En otros países latinoamericanos, momentos de
desencanto han abierto espacio para outsiders o terceras vías. En República Dominicana,
al menos por ahora, ese espacio continúa vacío.
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