San Juan, agua y minería
Del estruendo contra la mina a la pasividad ante la deforestación ilegal
Oscar Medina
En nuestro país existe un
tipo de activismo medioambiental maniqueísta y descalificador, que aparece sólo
para enfrentar proyectos de desarrollo.
Se opusieron a la cementera
en Gonzalo, pero miran para otro lado ante el conuquismo que tala, quema y
destruye los Haitises; en Pedernales buscan limitar el desarrollo turístico en
supuesta defensa de áreas protegidas, pero no alzan sus voces contra la depredación
que sufre la Sierra de Bahoruco a manos de traficantes de carbón vegetal; y
hacen ningún caso a la emergencia medioambiental que constituye el manejo de
los residuos sólidos, con los alarmantes niveles de contaminación que producen
los botaderos de basura al aire libre dispersos en todo el territorio nacional.
Ahora toca el turno a la
explotación minera en Los Romeros. Políticos, comunitarios, sindicalistas,
empresarios y comunicadores de la provincia de San Juan se colocaron todos en
rabiosa oposición a ese proyecto.
No permiten siquiera que se
produzcan los estudios de impacto ambiental, y no quieren escuchar los planes
de explotación, manejo y reparación, ni sobre posibles beneficios para la
provincia.
Mataron ese proyecto, a
pesar del llamado a la racionalidad para que, al menos, se esperaran las
pericias técnicas. Triunfó el activismo y todo indica que no existirán las
condiciones para que esa explotación reciba la indispensable licencia social.
En los debates, uno de los
argumentos más persuasivos de los opositores a la mina fue recurrir a la falta
de agua que padece la provincia.
Y en eso llevan razón, en el
Valle de San Juan las lluvias son cada vez menos frecuentes. Una mermada
pluviometría causante de un drástico descenso en los cauces de los ríos San
Juan y Maguana, que explica, junto a la sedimentación en la presa de Sabaneta,
la notable reducción de la eficiencia productiva en los cultivos tradicionales
de esa zona, como son el arroz y las leguminosas.
Pero no es por la minería,
la razón radica en la deforestación que afecta buena parte de la capa boscosa
de las cuencas altas de los ríos que alimentan la presa de Sabaneta. La tala
ilegal, la ganadería de alta montaña y el conuquismo han devastado casi el
noventa por ciento de esas lomas.
Una desertificación forestal
que viene ocurriendo durante décadas, matando lentamente ese valle. Pero para
denunciar y enfrentar ese problema no aparecieron los sanjuaneros empoderados
que se manifestaron contra la mina. Por el contrario, legisladores, agitadores
y opinadores, todos muy desentendidos ante una amenaza medioambiental patente y
existente.
Pero ya que la mina quedó
sepultada bajo el estruendo del activismo social, los sanjuaneros no deberían
desmayar y aprovechar las sinergias generadas por esta lucha para impulsar el
rescate de esas montañas.
Para que el agua retorne al
Valle de San Juan, que políticos, periodistas, empresarios y comunitarios
pongan su tiempo y recursos en la tarea de reforestar; y que las decenas de
miles de personas que participaron en huelgas, marchas, protestas y debates, siembren,
aunque sea un árbol y colaboren con las autoridades en la protección de esas
lomas.
Pero lamentablemente, aunque
no tengo pruebas, tampoco tengo dudas de que hasta Romero llegó el activismo de
esos ambientalistas.
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