La larga noche del 25 de septiembre de 1963
Al rededor de las 10:30 de
la noche del 24 de septiembre de 1963, Juan Bosch regresó al Palacio Nacional.
Era el día de la Virgen de las Mercedes, patrona del pueblo dominicano, y el
presidente lucía tenso y extenuado. Tenía 54 años y llevaba siete meses al
frente del Gobierno tras haber asumido la Presidencia el 27 de febrero de 1963.
Su carácter erguido no daba
muestras de dobleces. No era hombre de perturbaciones. Empero, la atmósfera
densa de aquella noche tibia y silenciosa anunciaba el rumor de un golpe de
Estado militar contra el gobierno democrático.
Horas antes recibió la
advertencia del secretario de las Fuerzas Armadas, Víctor Elby Viñas Román,
quien le sugirió no dormir en su casa.
Desde temprano sabía que los
principales mandos militares querían exigirle una posición más dura contra los
comunistas e impedir cualquier destitución de los jefes militares desafectos a
su gobierno.
Las circunstancias eran
inquietantes. Dos altos oficiales, el general Miguel Atila Luna Pérez y el
coronel Elías Wessin y Wessin, se habían negado a asistir a una reunión y
permanecían acantonados en San Isidro al mando de sus tropas.
Al enterarse de la
situación, Bosch ordenó reforzar la guardia presidencial. Presentía que se
acercaban horas turbulentas y requirió la presencia de los jefes militares.
Mientras funcionarios y
colaboradores se concentraban en Palacio, instruyó al viceministro de la
Presidencia, Fabio Herrera, para que redactara un decreto destituyendo al
coronel Wessin y Wessin.
Durante la madrugada, los
jefes militares se presentaron ante él. Bosch fue directamente al punto: tenía
informes de que Wessin y Wessin conspiraba contra el Gobierno y había dispuesto
su destitución.
Los oficiales respondieron
categóricamente que no acatarían la decisión. El escritor y político permaneció
impertérrito. Entonces les planteó trasladarlo, pero tampoco aceptaron. El
presidente, visiblemente molesto, dio por finalizada la reunión: «Ya hemos
terminado.
Se pueden retirar». Después,
a solas con algunos funcionarios, pronunció una frase que revelaba la
profundidad de su desconcierto: «Voy a presentar mi renuncia. Si no puedo
destituir a un coronel de la Fuerza Aérea, lo mejor es que me vaya».
Bosch comenzó a limpiar su
escritorio y a recoger sus pertenencias. Luego, llamó al presidente del Senado,
Juan Casasnovas Garrido, y al presidente de la Cámara de Diputados, Rafael
Molina Ureña, y les pidió convocar para la mañana a la Asamblea Nacional para
presentar su renuncia, conforme establecía la Constitución.
Mientras el jefe de Estado
pensaba en abandonar la Presidencia, tal vez para evitar un derramamiento de
sangre, los altos oficiales deliberaban sobre el destino del gobierno
constitucional. La situación había dejado de girar en torno a la destitución de
Wessin y Wessin, ya estaba en juego la propia permanencia de Bosch en el poder.
finalmente, el primer
presidente democrático que surgió luego de la caída de la dictadura de Trujillo
quedó bajo el control de los militares. El golpe estaba consumado. Bosch era
prisionero en la casona solariega desde donde había gobernado durante siete meses.
En medio de aquellos
acontecimientos, el coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez intentaba impedir
la caída del Gobierno. Bosch confiaba en él.
Era un militar convencido de
que las Fuerzas Armadas debían obedecer al poder civil y permanecer fuera de la
política. Meses antes, el presidente le había pedido que organizara un grupo de
oficiales dispuestos a defender la Constitución si llegaba el momento.
Aquella noche, antes de que
se desencadenaran los acontecimientos, el gobernante ordenó localizarlo.
Fernández Domínguez se encontraba en el Cibao y fue trasladado de urgencia a la
capital. Pudo conversar con el mandatario, quien le explicó la situación y le
pidió movilizar a los militares comprometidos con la defensa del Gobierno.
El coronel salió en búsqueda
de sus compañeros, pero solo doce de ellos estuvieron dispuestos a correr el
riesgo. Logró hacer llegar un mensaje al presidente: «Estamos listos para
asaltar el Palacio Nacional.
Somos doce oficiales nada
más, pero cumpliremos con nuestro deber». Remitió Fernández Dominguez, quien
pidió, además, informar al PRD para convocar una huelga general.
Bosch recibió la respuesta
cuando ya se encontraba prácticamente prisionero y decidió no aceptar la idea.
No porque renunciara a defender la democracia, sino porque comprendió que doce
hombres no podían enfrentarse a unas Fuerzas Armadas que controlaban la
situación. Años después, explicaría aquella posible acción como un suicidio.
Los hechos habían llegado a
un punto sin retorno. Cuando la aurora del 25 de septiembre despuntó, el país
despertó con el gobierno constitucional derrocado y con su presidente
prisionero.
Pero, esa nefasta madrugada
germinó la semilla de un movimiento de militares que, encabezados por Fernández
Domínguez, se dedicarían a luchar por el restablecimiento del orden
constitucional.
Aquella larga noche, el
coronel no pudo impedir el golpe de Estado, Sin embargo, no se rindió. Un año y
siete meses después volvió a levantarse en armas en defensa de la Constitución
derrocada y se convirtió en uno de los mártires de la Revolución de Abril de
1965.
Hoy, a 61 años de su joven
vida arrasada por las balas mortíferas de un franco tirador emplazado en
Palacio, los anchos crespones de la Constitución caída aún lloran por él.
El autor es juez de la
Suprema Corte de Justicia.
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