Producir para proteger
Alberto Taveras
El arroz es mucho más que un
alimento cotidiano: es parte de nuestra identidad, de nuestra mesa y de la
seguridad de la nación. En cada plato hay trabajo dominicano, familias rurales
y una capacidad productiva que debemos preservar como patrimonio estratégico.
La experiencia de la
pandemia del COVID-19 dejó una lección: cuando una crisis internacional
interrumpe las cadenas de suministro, los países que dependen demasiado de las
importaciones quedan expuestos a la escasez, los sobrecostos y la
incertidumbre.
Producir nuestros alimentos
no es solo una actividad económica; es una garantía de estabilidad ante
acontecimientos imprevisibles.
Por eso, el arroz merece ser
tratado como un producto marca país. En 2025, la cosecha nacional alcanzó cerca
de 14.8 millones de quintales y cubrió aproximadamente el 96 % del consumo
estimado.
En términos generales, la
República Dominicana produce alrededor del 90 % de los alimentos que consume.
Son cifras que hablan de avances, pero también recuerdan que la autosuficiencia
exige inversión, innovación y respaldo sostenido.
El Gobierno ha anunciado
ocho medidas para fortalecer al sector arrocero, junto con iniciativas de
financiamiento preferencial, apoyo a insumos, mecanización y seguros
agropecuarios.
Es una dirección correcta.
Ahora corresponde convertir los anuncios en acciones oportunas, con recursos
definidos, reglas claras y fechas de ejecución que permitan a los productores
planificar sus cosechas y competir en condiciones razonables.
Debemos mirar la experiencia
de países que protegen su capacidad agrícola. Estados Unidos utiliza programas
de apoyo, seguros y subsidios para respaldar a sus agricultores frente a
riesgos y fluctuaciones del mercado.
La lección no es copiar
mecánicamente cada instrumento, sino comprender que incluso las economías más
poderosas reconocen que la producción de alimentos tiene un valor estratégico
que va más allá del precio.
En nuestro campo hay una
dimensión social que no podemos ignorar. Muchos arroceros son pequeños y
medianos productores, herederos de una tradición de trabajo y de procesos de
reforma agraria impulsados con visión por el doctor Joaquín Balaguer, que facilitaron
el acceso a la tierra a familias campesinas. Protegerlos es también defender
empleos, comunidades y oportunidades para quienes viven del campo.
Apoyar al productor no
significa renunciar a la eficiencia ni trasladar costos al consumidor.
Significa invertir en tecnología, riego, semillas, financiamiento accesible,
seguros y asistencia técnica, mientras se vigilan los precios y se promueve una
competencia equilibrada.
La seguridad alimentaria se
construye sembrando hoy la tranquilidad de mañana. Fortalecer el arroz
dominicano es proteger nuestra mesa, nuestra economía y nuestra soberanía. Que
ningún imprevisto internacional nos encuentre sin capacidad de producir. Apostar
por el campo es apostar por la nación.

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