Pensando las encuestas más allá de los números




Por Wilfredo Lozano

Las encuestas que esta semana se publican en los periódicos HOY y DIARIO LIBRE (la Gallup y la Greenberg) parecen estar dando la tónica de esta fase de la campana: lo apretado de la competencia entre las dos fuerzas políticas principales que compiten en el certamen electoral, el PRD y el PLD.

Como es lo habitual, al variar la simpatía por el candidato en nuestro "mercado" electoral varía también la preferencia partidaria. Por eso, en las encuestas ahora aparece el PLD como el partido con mayor simpatía. El otro hecho significativo es que por primera vez en lo que va de campana Hipólito Mejía desciende un par de puntos en las preferencias, a tenor de que se reitera la tendencia al crecimiento de Medina. Pero el virtual empate deja la incertidumbre del resultado abierta y por tanto las cosas pueden continuar igual o dar un vuelco en modo alguno sorpresivo. Esos son los hechos.

Asimismo, ambas encuestas presentan información que ayuda a despejar algunas zonas oscuras de los discursos políticos. Por ejemplo: ¿por qué si hay tanto derroche abusivo de recursos públicos por parte del Estado y por qué si los casos de corrupción gubernamental se reiteran cotidianamente, el Presidente Fernández mantiene una alta valoración en el electorado? La respuesta la contiene la pregunta: el manejo patrimonial del Estado, la generalización hasta el paroxismo del clientelismo como arma política, la tolerancia del dispendio y la corruptela como cómplices de las lealtades clientelistas.

Estos hechos sencillos nos ponen en la evidencia de una realidad lamentable: a la gente parece no importarle tanto los temas morales o valóricos, la corrupción aparece en la quinta posición de asuntos que preocupan a los electores y la educación en sexto, según la encuesta Greenberg. Lo que más preocupa a la gente son asuntos que le afectan directa y personalmente: delincuencia, desempleo y costo de la vida. Si esperáramos una conducta "racional" de los electores, la valoración del gobierno de Leonel Fernández debería ser baja y la apreciación sobre el futuro del país negativa. Es cierto que le gente valora negativamente las ejecutorias del gobierno, pero no lo hace así del presidente del mismo.

Se produce aquí una bifurcación, un hiato, de las percepciones de los electores y de sus opiniones: valoran mal al gobierno y parecen excusar a quien lo dirige, identifican los problemas que directamente les afectan, pero no pueden identificar a los responsables con suficiente claridad. Como están envueltos en redes clientelares, los electores, para poder sobrevivir y resolver los problemas que claramente identifican, apelan a una figura providencial que en lo inmediato les suple de prebendas y exhibe poder, el Presidente. Andan buscando protección clientelar segura (es la consigna de Danilo), o el apoyo protector de un padre (lo que dice la consigna de Hipólito). Actúan como clientes y no como ciudadanos, ese es el drama.

Así, pues, en ningún momento nuestros electores asumen opiniones ciudadanas racionales: si es el gobierno el que anda mal y es responsable de mis problemas (delincuencia, desempleo y costo de la vida) lo rechazo y me dispongo a votar contra este. Se produce, por el contrario, una confusa conducta, pues el elector parece comportarse de la siguiente manera: una parte rechaza al gobierno, la imagen del Presidente y del candidato del partido en el poder, la otra comparte la identificación de los problemas, sabe que el Presidente los usa como clientes pero entienden que éste les ayuda "en algo" a resolver su problema, aunque puede que le responsabilicen de asuntos como la inseguridad ciudadana. Pero no importa, se apuesta al candidato que representa al Presidente y de esta forma su postura adquiere coherencia, pero sobre todo brinda oportunidades inmediatas.

Lo relevante es que ambas conductas dividen al electorado en dos partes iguales. En la perspectiva del principal partido de oposición, el PRD, la discusión debería estar en la capacidad de resistencia y el potencial de crecimiento de quienes sin estar en el poder puedan reunir dos cosas: la mínima confianza de la gente en que atacarán los problemas que les afectan al tiempo que le brindarán seguridad como ahora creen que el Presidente les da.

Para el candidato oficial el asunto es distinto: cómo reconocer los problemas que su propio gobierno está generando, al tiempo de convencer al electorado de que continuará el apoyo que le da el Presidente Fernández. Como en el caso del actual jefe del estado esa confianza se funda en la generalización del clientelismo hasta convertirlo en el principal mecanismo legitimador del poder, al candidato oficial no le queda otra que recorrer el camino de su antecesor.

Por lo dicho es un error pensar que se puede derrotar al candidato del PLD antagonizando con el Presidente Fernández. Lo que a mi juicio debe hacerse es ciertamente criticar las ejecutorias de gobierno, fortalecer la imagen de confianza del candidato opositor, pero al mismo tiempo enfrentar al candidato oficial. Los datos de Greenberg y Gallup son contundentes al respecto: perder tiempo en el ataque a la figura del Presidente lo fortalece y con ello fortalece al candidato oficial. Más productivo es: criticar al gobierno y en consecuencia al candidato oficial.

Si no se cambia la estrategia hacia algo semejante a lo expuesto se corre el riesgo de no poder frenar el ascenso del candidato oficial, pues el ataque opositor lo identifica con el Presidente. Lo racional sería, pues, asumir que en la contienda el candidato oficial quiere hacer más de lo mismo y continuar ahondando los problemas que claramente la gente identifica y a partir de ahí insistir en que esta opción no brinda la mínima confianza para solucionar los problemas que el propio gobierno del candidato ha provocado. Una estrategia de ese tipo obligaría a darle un giro a la campana: a ser más propositivos, concentrándose en los problemas centrales que la gente identifica, a restablecer confianza en la gente de que es posible resolver estos problemas, y por esta vía producir en la gente una verdadera esperanza de cambio. Para esto hay que asumir un discurso más programático y menos confrontacional. ¿Puede el PRD y su candidato asumir esta tarea que implica renovar la estrategia? ¿Queda tiempo para ello? Pienso que sí.

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