A cien años de la ocupación de 1916
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En este 2016 se cumplirán
cien años de la primera ocupación militar norteamericana contra nuestro país.
Año complicado e intenso por ser electoral, pero hay que sacar el tiempo para
conmemorar aquel hecho en forma provechosa.
Dicen algunos que nación,
patria y soberanía resultan ya obsoletas, y ante prédicas liquidacionistas como
esa se impone la labor de educación en los valores que le dan vida a la
identidad, el patriotismo y la dignidad nacional que tan elevadas mantuvieron
los hombres y mujeres de la resistencia a los invasores.
Ahí está la historia y hay
que revivirla, sumergirse en ella y aprender de sus lecciones. Sin descifrar
los códigos del pasado no podremos descifrar los códigos del presente, dijo,
palabras más o menos, el comandante Hugo Chávez. Ojalá se examinen las
experiencias derivadas de la aludida ocupación, muchas de cuyas lecciones
tienen plenas vigencia y utilidad para los dominicanos del presente.
Sería bueno analizar cómo
un endeudamiento irresponsable y la firma de la Convención del 8 de febrero
de1907, entre otros pactos indignos, sirvieron de pretexto para la ocupación;
de cómo las ambiciones internas y las pugnas del partido jimenista en el poder
contribuyeron a la pérdida de la soberanía; de gran valor resultaría resaltar
la dignidad con que el presidente don Juan Isidro Jimenes renunció mediante su
proclama del 7 de mayo de 1916; rememorar igualmente la violencia y el terror
desatados por los invasores desde que el 29 de noviembre la República fue
puesta en estado de ocupación militar, y “sometida al Gobierno Militar y al
ejercicio de la Ley Militar aplicable a tal ocupación”.
La resistencia armada, la
lucha cívica de los nacionalistas, las denuncias internacionales, entre otras
cosas, serían materias a estudiar en esta jornada de educación patriótica. Y
otra lección digna de ser asimilada para las fuerzas progresistas del presente:
La ocupación duró ocho años
y modificó el país. Ante esa realidad el viejo partidismo era anacrónico; era
indispensable una renovación política, el movimiento nacionalista, considerado
como lo nuevo y progresista, naufragó en las aguas turbias de su división
interna, triunfó el pasado con Horacio Vásquez en 1924, reapareció el fantasma
de la reelección en 1930 y como ese pasado no podía seguir y el movimiento
nacionalista no pudo hacerla, la renovación vino pero de forma trágica, llegó
Trujillo y “entró el mar”.
El Día/RAFAEL CHALJUB MEJÍA

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