Cuando el poder se desborda: EE.UU., Irán y el riesgo de un mundo sin reglas
Juan Temístocles Montás
El pasado 28 de febrero, el
presidente Donald Trump tomó la decisión de iniciar acciones militares contra
Irán sin autorización explícita del Congreso y en abierta contradicción con lo
establecido en el artículo 2 de la Carta de Naciones Unidas, que obliga a los
Estados a abstenerse de la amenaza o el uso de la fuerza contra la integridad
territorial o la independencia política de cualquier país.
En el transcurso de la semana,
el conflicto se ha expandido a todo el Medio Oriente y no se descarta la idea
de una guerra prolongada.
Iniciar una guerra sin aval
legislativo interno ni mandato multilateral plantea una pregunta inquietante:
¿Está Estados Unidos entrando en una fase de política exterior sin frenos
institucionales claros? Más allá de simpatías o antipatías ideológicas, lo que
está en juego no es solo un conflicto puntual en Medio Oriente; es, en esencia,
la confirmación de la erosión del orden internacional construido tras el fin de
la segunda guerra mundial.
Durante décadas, Washington se
presentó como garante de un sistema basado en reglas, alianzas y legalidad
internacional.
Desde la creación de las
Naciones Unidas hasta la consolidación del entramado financiero de Bretton
Woods y la fundación de la OTAN, Estados Unidos defendió —al menos en el
discurso— la primacía del derecho y la consulta multilateral.
Cuando esa misma potencia
decide actuar unilateralmente y justificar la guerra con argumentos débiles o
controvertidos, el mensaje global cambia radicalmente.
No es la primera vez que
ocurre. Bajo George W. Bush, la invasión a Irak se sustentó en la supuesta
existencia de armas de destrucción masiva que nunca aparecieron.
Aquella decisión debilitó la
credibilidad estadounidense y reconfiguró el equilibrio regional durante dos
décadas. Antes, el episodio del Golfo de Tonkín permitió a Lyndon B. Johnson
escalar la guerra de Vietnam con base en información luego cuestionada.
Cada vez que el Ejecutivo ha
sobrepasado límites o construido justificaciones endebles, el costo estratégico
ha sido elevado y prolongado.
El caso iraní es
particularmente delicado. Irán no es un actor marginal. Posee capacidad de
disuasión, redes de influencia regional y poder para afectar rutas energéticas
críticas. El impacto ya se percibe en el Estrecho de Ormuz, por donde transita
entre el 20% y el 25% del petróleo mundial.
Si el conflicto se prolonga,
veremos dispararse los precios del crudo, provocando un nuevo choque
inflacionario global. En un mundo ya marcado por tensiones geopolíticas,
cadenas de suministro fragmentadas y alta volatilidad financiera, un conflicto
de mayor envergadura sería, literalmente, echar gasolina al fuego.
Lo que está ocurriendo es
serio. Si el presidente puede iniciar una guerra sin deliberación legislativa
robusta, se erosiona el principio de separación de poderes, uno de los pilares
de la democracia estadounidense.
La fortaleza de Estados Unidos
no ha radicado solo en su poder militar, sino en la credibilidad de sus
instituciones. Cuando esa credibilidad se resquebraja, también lo hace la
confianza que sostiene al dólar, a los bonos del Tesoro y al sistema financiero
global.
Para los aliados
tradicionales, la señal es inquietante. La previsibilidad estratégica —un
activo invaluable— se debilita. Europa, Asia y América Latina comienzan a
preguntarse si deben diversificar dependencias y reducir exposición a un socio
que actúa de manera impredecible.
Para potencias como China y
Rusia, el unilateralismo estadounidense ofrece una oportunidad narrativa:
cuestionar el liderazgo moral de Washington y promover un orden alternativo
menos centrado en normas y más en balances de poder.
En este contexto, países
pequeños y abiertos como la República Dominicana enfrentan un dilema
estructural. Nuestra economía depende del comercio, del turismo, de las remesas
y de la estabilidad financiera internacional.
Un mundo donde la principal
potencia actúa sin anclas institucionales es un mundo más volátil, con mayores
costos energéticos, primas de riesgo más altas y presiones para alineamientos
geopolíticos incómodos. La incertidumbre no es abstracta: se traduce en
crecimiento más débil y mayor vulnerabilidad externa.
La gran interrogante es si
estamos ante un episodio coyuntural o ante una transformación más profunda del
papel de Estados Unidos en el mundo. Si la tendencia hacia un presidencialismo
hegemónico se consolida, el orden internacional podría entrar en una fase más
inestable, marcada por bloques rivales, mayor militarización y un progresivo
debilitamiento de las reglas compartidas que han sostenido el sistema
internacional.
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