El loco sin Dios en el fin del mundo
Por Eduardo Jorge Prats
Como
católico, creo que de esto solo Dios podrá salvarnos, pues, como dice Shiping
Tang, uno de los más distinguidos académicos chinos de las relaciones
internacionales, "¡por primera vez en mi vida, creo que el mundo se está
encaminando hacia una catástrofe épica!"
Ya
uno ni se asombra cuando Donald Trump nos azota con algún estrambótico
trabucazo en las redes sociales sobre los más diversos temas, que van desde
insultos a Bruce Springsteen ("ciruela seca" y cantante "malo y
muy aburrido"), hasta amenazar a Irán con su destrucción total.
Pero
confieso que me espanté cuando le entró a troche y moche al papa León XIV, a
quien consideró "débil ante el crimen", "terrible para la
política exterior", un "papa político" que siempre buscaba
"complacer a la izquierda radical", publicando luego una imagen
generada por IA, posteriormente borrada, que lo presentaba blasfemamente cual
si fuese Jesús, culminando finalmente con otra imagen en la que es abrazado por
el Hijo de Dios.
Recordé
a Stefan Zweig cuando describe el colapso mental de Nietzsche: "’Ya no soy
un hombre, soy dinamita'. 'Soy un pasaje de la historia universal que divide en
dos toda la historia de la humanidad', grita en un acceso de hybris, en medio
de un atroz silencio".
"Del
mismo modo que Napoleón ante Moscú ardiendo, con el invierno frente a él, el
infinito invierno de Rusia, y a su alrededor los restos miserables de aquel
gran ejército, lanza aún las proclamas y alocuciones más amenazadoras y
grandiosas (grandiosas hasta rozar el ridículo), Nietzsche, ante el Kremlin en
llamas que es su cerebro, compone, con los restos de sus pensamientos, libelos
terribles. Ordena al emperador de Alemania que venga a Roma para ser fusilado;
invita a las potencias europeas a una acción militar contra Alemania, a la que
quisiera ver encerrada en una camisa de hierro".
"Nunca
un furor tan apocalíptico se ha debatido tan en el vacío; nunca una hybris más
magnífica ha elevado a un espíritu tan lejos de las cosas terrestres.
Sus
palabras suenan como martillazos dados contra el edificio mundial; pide que el
calendario sea modificado y cuente, no desde el nacimiento de Cristo, sino
desde la aparición del Anticristo; coloca su imagen encima de las más altas
figuras de todos los tiempos; el delirio mental de Nietzsche es más grandioso
que el de los demás enfermos del espíritu".
Como
diría esa gran psicoanalista, Celia Cruz, lo de Trump es mental: una
megalomanía y egocentrismo que nos recuerda a Calígula y Nerón. Y en la que,
lamentablemente, no hay método.
Como
católico, creo que de esto solo Dios podrá salvarnos, pues, como dice Shiping
Tang, uno de los más distinguidos académicos chinos de las relaciones
internacionales, "¡por primera vez en mi vida, creo que el mundo se está
encaminando hacia una catástrofe épica!"
Aunque
el papa no sea un político ni el catolicismo una religión de Estado, nada
político le es ajeno a la Iglesia católica, como pretende, con fe de recién
converso, J. D. Vance.
Y
es que, como señala Juan Pablo II, "la verdadera santidad no significa
huir del mundo, sino más bien esforzarse por encarnar el Evangelio" en
todos los ámbitos, incluso "en la participación social y política".
Ahora
tan solo podemos, siguiendo a León XIV, orar, pues "la oración nos educa
para actuar", para que "el Santo Nombre de Dios —el Dios de la
vida—" no sea "arrastrado en discursos de muerte" y para que
podamos construir juntos un mundo de paz.
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