Trump encuentra su tusa en Irán
Por RAFAEL MENDEZ
Con
sus recursos tácticos agotados, Trump evidenció que anhelaba un acuerdo
histórico entre Estados Unidos y la República Islámica de Irán que llevara su
firma y que pudiera exhibir ante sus seguidores y la opinión pública mundial
como la prueba definitiva de su capacidad para doblegar a los ayatolás, quienes
advirtieron… “Pongan a prueba nuestra determinación una vez más para que les
demos una lección mayor”.
La
tusa que hoy persigue al presidente Donald Trump, entendida en el Caribe y en
Colombia como un estado de frustración profunda, despecho político y amargo
desencanto tras una apuesta fallida, no es una decepción cualquiera, sino el
resultado directo de haber comprometido todo su capital estratégico en una
jugada que la dirigencia político-militar de la República Islámica de Irán
había descifró con suficiente antelación.
El
sorpresivo y alevoso ataque militar del 28 de febrero, precedido por un proceso
de negociación que terminó revelándose como una maniobra de distracción, no
produjo la rendición esperada, sino la lección más amarga de su trayectoria
geopolítica.
Washington
se encontró con una sofisticada y moderna capacidad militar y misilística de
largo alcance, así como con una estrategia concebida para sostener una guerra
de duración indefinida.
Amparado
en la llamada “estrategia del loco”, que intimida y disloca a aliados y
adversarios, el mandatario estadounidense convirtió la impredecibilidad en el
eje de su política exterior.
Durante
años, esa doctrina le permitió imponer condiciones mediante amenazas, sanciones
y demostraciones de fuerza, proyectándose ante el mundo como un líder capaz de
acometer las acciones más audaces y menos previsibles.
Sin
embargo, en la República Islámica de Irán, ese viejo enemigo al que prometió
reducir a escombros, asegurando que “toda una civilización morirá esta noche,
para no volver jamás”, como parte de su política de máxima presión, y que
estaba “listo para la acción… para acabar con lo poco que queda de Irán”,
encontró un escenario distinto cuando, en el momento en que un acuerdo parecía
estar a tiro de piedra, Estados Unidos, junto a Israel, lanzó un sorpresivo y
mortal ataque que decapitó la cúpula del poder iraní, provocando la caída del
ayatolá y de figuras clave de la dirigencia político-militar del país islámico.
Un
mundo que desafía la hegemonía unilateral
La
mecánica del caos, cuidadosamente diseñada para desconcertar a sus adversarios,
terminó convirtiéndose en una vulnerabilidad que Teherán supo explotar con
paciencia estratégica. Irán comprendió que, por más que Washington redoblara
las sanciones económicas o amagase con ataques militares, el costo de una
guerra abierta resultaría políticamente insoportable para la Casa Blanca y
económicamente devastador para la estabilidad global.
Con
sus recursos tácticos agotados, Trump evidenció que anhelaba un acuerdo
histórico entre Estados Unidos y la República Islámica de Irán que llevara su
firma y que pudiera exhibir ante sus seguidores y la opinión pública mundial
como la prueba definitiva de su capacidad para doblegar a los ayatolás.
También
aspiraba al reconocimiento internacional como “gran pacificador”, en la
esperanza de que ello lo condujera al tan anhelado Premio Nobel de la Paz que
tantas veces evocó en sus discursos.
No
obstante, el desenlace fue el inverso, pues la delegación del país persa
rechazó el maximalismo de la contraparte durante las negociaciones celebradas
en Islamabad, Pakistán. “Pongan a prueba nuestra determinación una vez más para
que les demos una lección mayor”, advirtieron.
De
acuerdo a los expertos en geopolítica y destacados analistas, lo que el líder
republicano dejó al descubierto fueron los límites de su política de máxima
presión, pero que en el nuevo amague contra Teherán se le convirtió en una
variación de un libreto predecible que ya no intimidaba a quienes comprendieron
las verdaderas intenciones y limitaciones de Washington, que ante el mundo
queda evidenciado que fue por lana y salió trasquilado, pues buscaba una
victoria histórica y terminó con una tusa pública.
La
lectura estratégica de Teherán
La
estrategia iraní no fue producto del azar, sino de una lectura fría y
milimétrica del estilo personalista que define cada movimiento del líder
norteamericano. Teherán entendió que Trump necesitaba proyectar fuerza para
sostener su prestigio ante su base electoral interna, pero también que una
guerra abierta en el golfo Pérsico representaría un costo político, económico y
militar que Estados Unidos no estaba dispuesto a asumir.
Mientras
Trump insistía en que su presión daba frutos, la realidad evidenciaba un
escenario de estancamiento geopolítico, en el que cada intento por reorientar
su estrategia revelaba que el tablero había cambiado, y que la dirigencia
político-militar de Irán había anticipado sus movimientos, y le demostraron al
país del norte que existen adversarios que no se doblegan ante amenazas ni
sanciones.
La
tusa que hoy lo persigue tiene el nombre de una estrategia desbaratada y de un
cálculo político que falló en el momento más inoportuno.
Este
episodio confirma que el mundo transita hacia un orden multipolar en el que las
presiones unilaterales encuentran crecientes resistencias. La República
Islámica de Irán ha dejado claro que la soberanía no se negocia bajo amenazas
de fuerza, y que incluso las potencias más influyentes pueden hallar límites a
su voluntad.
El
tiempo dirá si esta amarga lección sirve para comprender que ya no es posible
imponer reglas a un planeta que se resiste a obedecer a un solo poder.
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