Romero: desarrollo, medio ambiente y gobernabilidad
Por MANUEL JIMENEZ
La decisión del presidente
Luis Abinader de suspender las operaciones vinculadas al proyecto minero de Lo
Romero, en San Juan de la Maguana, tras la multitudinaria protesta realizada el
pasado sábado en esa provincia, vuelve a colocar sobre la mesa un debate que
República Dominicana nunca ha querido enfrentar con la profundidad y
responsabilidad que merece: el de la explotación minera y sus límites.
Probablemente no se maneje
con precisión la cantidad de yacimientos mineros que hoy están bajo explotación
en el mundo ni el impacto directo e indirecto que esas operaciones generan
sobre el medio ambiente y las comunidades donde se desarrollan.
Lo que sí está claro es que,
de manera paralela al crecimiento de la preocupación global por la protección
ambiental, también han evolucionado tecnologías, regulaciones y mecanismos
destinados precisamente a reducir esos impactos negativos.
Sin embargo, aun con esos
avances, la minería continúa siendo una actividad controversial. Siempre
encontrará resistencia y oposición.
Mucho más en países como
República Dominicana, donde históricamente no ha existido una política minera
clara, coherente y consensuada, pese a contar con legislación minera y normas
sobre inversión extranjera.
Da la impresión de que los
proyectos mineros que han logrado establecerse en el país lo han hecho más por
circunstancias particulares que por la existencia de una visión nacional
definida sobre cómo, cuándo y bajo qué condiciones debe permitirse la explotación
de los recursos naturales.
En paralelo, también se han
consolidado sectores ambientalistas y grupos de presión que, con el paso del
tiempo, se han convertido en fuerzas capaces de detener prácticamente cualquier
iniciativa minera, casi siempre bajo el argumento de posibles daños ambientales
que muchas veces no han sido determinados de manera concluyente mediante
estudios científicos transparentes y ajustados a estándares internacionales.
Casos
El caso de Loma Miranda es
quizás el ejemplo más emblemático. La concesión otorgada a Falconbridge para
continuar la explotación de níquel, una vez agotado el yacimiento de Loma La
Peguera en Bonao, parecía encaminada.
Sin embargo, una fuerte
narrativa ambiental terminó imponiéndose. La historia de los supuestos 13 ríos
que nacen en Loma Miranda se convirtió en símbolo de esa lucha, aunque nunca se
produjera un debate técnico suficientemente claro y verificable sobre el tema.
Y desde entonces la historia
parece repetirse. Ocurrió con la cementera de inversión privada en Gonzalo,
próxima a Los Haitises, y ahora vuelve a suceder con Lo Romero, en San Juan de
la Maguana.
El discurso actual advierte
que la explotación de ese yacimiento afectaría gravemente el sistema hídrico de
la Cordillera Central, comprometiendo presas, afluentes y recursos de toda la
región Sur. Esa narrativa encontró eco en una movilización social masiva que
terminó convenciendo al Gobierno de detener el proyecto.
La señal que deja esta
decisión es delicada para cualquier potencial inversionista en el sector minero
dominicano.
Cuando un proyecto puede ser
paralizado antes incluso de concluir de manera definitiva los estudios de
impacto ambiental a los que recientemente hizo referencia el Ministerio de
Energía y Minas, el mensaje que recibe el capital extranjero es que en República
Dominicana no existe seguridad suficiente para desarrollar iniciativas de gran
escala en esa área.
No se trata de defender la
minería a cualquier costo ni de minimizar la importancia de proteger las
fuentes acuíferas y los ecosistemas nacionales.
Se trata de entender que un
país no puede manejar asuntos tan sensibles únicamente bajo presión social o
emocional. Las decisiones estratégicas deben descansar sobre investigaciones
técnicas independientes, creíbles y transparentes.
Si un proyecto minero
representa un peligro real e irreversible para el medio ambiente, debe
rechazarse con argumentos científicos sólidos.
Pero si la oposición se
fundamenta exclusivamente en percepciones, temores o narrativas difíciles de
comprobar, entonces el país corre el riesgo de cerrar definitivamente las
puertas a un sector que, manejado correctamente, podría representar importantes
ingresos, empleos y desarrollo para muchas comunidades.
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