San Juan: entre el mito productivo, la presión minera y la urgencia de un modelo sostenible
Giovanni Matos
Más allá del subsuelo, el
potencial desaprovechado de San Juan
En San Juan de la Maguana se
está librando un debate que trasciende lo ambiental. No es solo una discusión
sobre minería sí o no; es, en esencia, una disputa sobre el modelo de
desarrollo que debe definir el futuro de una de las provincias más rezagadas —y
a la vez más prometedoras— de la República Dominicana.
El movimiento social contra
la minería ha logrado algo poco común en el país: construir una narrativa
poderosa, emocionalmente efectiva y estratégicamente amplificada.
Ha posicionado a San Juan
como un territorio que debe defenderse, un espacio donde el agua, la vida y la
identidad están en juego.
Y en lo fundamental, ese
planteamiento es legítimo. El pueblo sanjuanero tiene pleno derecho a decidir
su destino, incluso si esa decisión implica renunciar a oportunidades
económicas de corto plazo.
Pero el derecho a decidir no
sustituye la obligación de hacerlo con rigor.
Durante décadas, San Juan ha
sido etiquetada como "El Granero del Sur". Sin embargo, esa
identidad, más que una realidad sólida, ha funcionado como un mito político
convenientemente repetido. Los indicadores sociales revelan otra cara: bajos niveles
de desarrollo humano, alta pobreza rural y una economía fragmentada, con escasa
capacidad de generar valor agregado.
La base agrícola que
sostiene ese relato también muestra signos de agotamiento. La caída dramática
en la producción de cultivos clave, afectada por sequías, plagas y baja
tecnificación, evidencia un sistema vulnerable. No se trata de negar el
potencial agrícola, sino de reconocer que ese potencial no se traduce
automáticamente en bienestar.
Aquí es donde el debate
minero se vuelve peligroso cuando se simplifica.
Rechazar la minería en San
Juan no es, en sí mismo, un error. De hecho, existen argumentos sólidos para
cuestionarla: riesgos ambientales, presión sobre los recursos hídricos y
beneficios económicos concentrados y temporales. Apostar por la extracción minera
en una zona con vocación agrícola y ecológica puede comprometer de forma
irreversible su sostenibilidad.
San Juan tiene mucho más que
ofrecer fuera del subsuelo.
Su potencial ecoturístico
sigue prácticamente intacto: montañas, ríos y paisajes que podrían integrarse a
un circuito de turismo sostenible capaz de generar ingresos permanentes.
Su riqueza histórica y
cultural —frecuentemente ignorada— puede convertirse en un eje de desarrollo si
se articula con inteligencia. Y su vocación agrícola, lejos de abandonarse,
necesita transformarse: tecnificación, agroindustria, diversificación y acceso
a mercados.
Ese es el verdadero dilema.
La alternativa a la minería
no puede ser la inercia. No basta con defender el territorio; hay que
redefinirlo productivamente. Hoy por hoy, gran parte de la economía sanjuanera
depende de una fuerte intervención del Estado: subsidios, inversión pública, financiamiento
agrícola. Esto ha evitado un colapso mayor, pero no ha generado un modelo
autosostenible.
El riesgo no es decirle no a
la minería. El riesgo es no tener un sí creíble.
El movimiento social ha sido
eficaz en movilizar emociones, pero todavía está en deuda con una propuesta
económica estructurada que sustituya lo que se rechaza. Y ahí está su mayor
desafío —y su mayor oportunidad—: transformar la resistencia en agenda, la
protesta en proyecto.
San Juan no debe ser
explotada como enclave minero. Debe ser desarrollada como territorio vivo:
agrícola, ecológico e histórico. Pero ese modelo no ocurrirá por inercia ni por
discurso. Requiere planificación, inversión sostenida, articulación público-privada
y presión social inteligente.
Porque al final, la
verdadera riqueza de San Juan no está enterrada bajo tierra. Está en su
capacidad de reinventarse sin destruirse.
Y esa decisión, más que
ideológica, es profundamente estratégica.
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