Trump y su marcha de la locura en Irán
Timothy D. Snyder
Estados Unidos capituló ante
Irán. Las condiciones del «memorándum de entendimiento» firmado por ambas
partes son una victoria para la República Islámica y una humillación para el
presidente Donald Trump y los Estados Unidos.
La guerra no es disfrutar
viendo explotar cosas (como al parecer algunos necesitaban aprender), sino la
política por otros medios. Y (como acaba de demostrar Irán) ganar significa
cambiar la política del enemigo para obligarlo a rendirse.
Desde el primer momento, la
guerra no provocada de Estados Unidos e Israel contra Irán puso a la vista de
todos, la incompetencia de Trump.
En vez de intentar
comprender cómo piensan y actúan los dirigentes iraníes, Trump, el secretario
de «guerra» Pete Hegseth y otros funcionarios estadounidenses los trataron como
a peleles que se rendirían de inmediato en cuanto empezaran a caer las bombas.
Carente de estrategia
propia, a la administración Trump no se le ocurrió que Irán pudiera tener un
plan de represalia: lanzar ataques de largo alcance y cerrar el estrecho de
Ormuz.
La única respuesta que les
quedó a los funcionarios estadounidenses fue hacer pasar la derrota por
victoria (una ridiculez en la que todavía insisten). Es lo que ocurre cuando
los votantes confían la conducción de la guerra a presentadores de televisión y
la negociación de la paz a especuladores.
Al parecer muchos
estadounidenses todavía creen en el engaño de que Trump es un negociador
astuto. Pero nunca lo fue: era un personaje que hacía en televisión.
Trump y los miembros de su
gabinete hablan a lo grande ante las cámaras, pero no tienen idea de cómo
funciona el poder mundial. Trump es vanidoso, impetuoso, distraído e
indiferente a cualquier asunto que no sea su bienestar.
Inició la guerra contra Irán
por capricho y se rindió por conveniencia política: un abaratamiento de los
combustibles lo ayudaría en su intento de quedarse en la Casa Blanca para
siempre.
Hasta ahora yo pensaba que
el legado geopolítico de Trump sería una nota al pie en la guerra de Ucrania:
un aspirante a oligarca que prolongó artificialmente la guerra de agresión de
un oligarca real. Pero ahora a Trump también se lo recordará como artífice del
resurgimiento del brutal régimen iraní.
Con su ataque a Irán, Trump
generó simpatía hacia torturadores y asesinos. Con la derrota, amplió el poder
iraní en Medio Oriente. Y con la capitulación, creó una fuente de ingresos
duradera para los gobernantes iraníes.
Irán arancelará el tránsito
por el estrecho de Ormuz, y Estados Unidos descongelará 24 000 millones de
dólares en activos iraníes y pagará 300 000 millones de dólares en fondos de
reconstrucción. Cualquier poder que tuviera Estados Unidos para impedir que
Irán fabrique un arma nuclear ha desaparecido.
Existe la tendencia a pensar
que la maldad y la estupidez son incompatibles: si algo es malvado, ha de
servir a un propósito inteligente; si es una tontería, no tendrá mucha malicia.
Pero la guerra de Trump en Irán es la prueba de que la maldad y la estupidez
pueden ir juntas de la mano en la senda a la autodestrucción nacional.
La guerra de Trump contra
Irán fue un desastre estratégico y ético. Librar una guerra de agresión no
declarada e ilegal, ignorar el derecho bélico y matar a decenas de civiles no
es fuente de victoria. Festejar esas acciones no es señal de cálculo astuto,
sino error liso y llano. Se puede ser violento y disfrutarlo, y aun así seguir
siendo un perdedor. Se puede ser a la vez insensible e insensato: Trump y
Hegseth lo han demostrado.
En otras palabras, aquí no
hay consuelo que valga. La administración Trump usó medios malvados de manera
insensata, no con un fin justificado, y dejó al mundo mucho peor de lo que
estaba. Gracias a Trump, Estados Unidos generó problemas económicos en todo el
mundo y (para beneplácito de China, Rusia e Irán) creó un orden internacional
más caótico y anómico.
Pero si la maldad y la
estupidez pueden ir de la mano, también pueden hacerlo la virtud y la
sabiduría. Estados Unidos llegó a este punto porque permitió la concentración
del poder político, económico y mediático en unos pocos. Es tentador atribuir
la capitulación estadounidense a un liderazgo incompetente, pero se debe más
bien a políticas e instituciones que permiten la llegada al poder de personas
semejantes.
Las guerras por capricho son
síntoma de tiranía y advertencia para los partidarios de la república. Hay que
oponerse a ellas; pero sobre todo, hay que prevenirlas, sacando de la política
al dinero, resolviendo las desigualdades básicas, desarmando monopolios y
habilitando la movilidad social.
A Irán no le costó ganar la
guerra: sólo tuvo que poner en riesgo el interés propio de un aspirante a
tirano. Para construir un Estados Unidos que no capitule se necesita lo
contrario de la insensibilidad e insensatez de Trump.
Los estadounidenses tenemos
que valorar a líderes más sensatos (personas que tengan pergaminos reales que
mostrar y hayan hecho algo bueno con sus vidas) y oponer resistencia a
charlatanes carismáticos que nos meten la mano en el bolsillo y envían a nuestros
hijos a la guerra. Y también tenemos que valorar a líderes más sensibles, que
canalicen nuestro deseo de preocuparnos por el otro y de crear un gobierno que
permita una vida mejor a todos.
Timothy Snyder, primer
titular de la cátedra de Historia Europea Moderna en la Escuela Munk de Asuntos
Internacionales y Políticas Públicas de la Universidad de Toronto y miembro
permanente del Instituto de Ciencias Humanas en Viena, tiene publicados veinte
libros en carácter de autor o editor.
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