En defensa de los partidos políticos
En estos tiempos resulta sumamente difícil defender a los partidos políticos. En las mediciones de confiabilidad en las instituciones que se llevan a cabo en muchos países la de los partidos políticos es una de las más bajas. En sentido general, la gente ha asimilado la idea de que los políticos piensan exclusivamente en sus intereses y beneficios individuales y no en el bienestar general.
La poca credibilidad de los
partidos políticos influye en el grado de confianza de la población en las
cámaras legislativas, las cuales también aparecen entre las instituciones menor
valoradas. Así, dos ámbitos institucionales clave de la representación política
-partidos políticos y Poder Legislativo- se erosionan progresivamente, lo que
termina afectando la calidad del sistema democrático.
Esto plantea una paradoja: por
un lado, los partidos políticos dejan de ejercer sus funciones de manera
efectiva por la pérdida de confianza de la ciudadanía en ellos, sus divisiones
internas y sus repetidas crisis; por otro lado, sin embargo, los partidos
políticos siguen siendo institucionales indispensables en la vida democrática
para articular sectores sociales, representar intereses, formar cuadros para
gobernar, realizar la labor legislativa y desempeñar un papel tanto desde el
gobierno como desde la oposición.
No ha existido -ni existirá
según el criterio de este articulista- otro tipo de institución que pueda
sustituir a los partidos políticos en el ejercicio de esas funciones en un
sistema político democrático.
Esto no quiere decir que la
participación ciudadana en la política sólo pueda llevarse a cabo a través de
los partidos, sino que ninguna otra puede configurar una relación con la
sociedad similar a la que los partidos establecen, o están llamados a establecer,
como entes intermediarios entre el Estado y la sociedad.
La idea clave que da razón de
ser a los partidos políticos es la formación de voluntades colectivas,
articuladas en torno a cierto imaginario político, experiencias compartidas,
simbología, programas y liderazgos con vocación de llegar al poder y ejercer la
labor de oposición de manera consistente como parte esencial de la vida
política en la democracia.
Esto no impide que un diseño
institucional pueda incluir formas o instrumentos más flexibles de
participación político-electoral, especialmente en el plano local, a través de
las cuales se puedan presentar candidaturas fuera de los partidos, pero estas cumplen
un papel secundario o complementario, nunca para sustituir a los partidos
políticos.
En el plano nacional, el
mesianismo político sin un arraigo orgánico partidario suele terminar
dislocando la vida del Estado.
Sin duda, cuando los partidos
políticos dejan de desempeñar el papel que les corresponde generan serios
problemas en la vida institucional. Cuando se fragmentan y desarticulan hacen
que la sociedad se desvertebre políticamente, lo que genera inestabilidad e
ingobernabilidad.
La gran discusión política en
países como Perú y Ecuador, entre otros, es cómo restablecer y fortalecer a los
partidos para que pueda articular una representación más o menos coherente en
los diferentes niveles institucionales de elección popular, especialmente en el
plano más general del Estado. Las experiencias sucesivas de inestabilidad
institucional e ingobernabilidad los ha llevado a esta reflexión inescapable.
Por su parte, la República
Dominicana tiene décadas disfrutando de estabilidad política y gobernabilidad,
sin rupturas de su orden institucional, ni movimientos insurreccionales ni
violencia política. Los gobiernos empiezan y terminan, se celebran elecciones y
hay alternancia en el poder.
Estos no son hechos menores.
Aunque no es la única causa, hay que reconocer que los partidos políticos, por
muy deficientes que pensemos que son, han sido pilares de estos logros de
nuestra vida institucional.
Ciertamente, los partidos se
han dividido y siguen dividiéndose, pero no se ha llegado al punto de una
fragmentación extrema como sucede en muchos países de América Latina.
No obstante, hay señales en la
vida política nacional que llevan a preocupación. Esta columna ha expresado su
diferencia con la manera cómo el Tribunal Constitucional configuró un nuevo
tipo de mecanismo de participación político-electoral a través de candidaturas
independientes que se presenten a través de agrupaciones cívicas o sociales de
ciudadanos de naturaleza espontánea y sin ningún requisito de inscripción.
A la corta o a la larga, el
fomento de esta nueva modalidad de participación electoral, especialmente en el
plano nacional, puede conducir a una fragmentación no deseable de la
representación política.
Más recientemente, vemos cómo
desde el propio gobierno se fomenta una interlocución de tipo político sobre
cuestiones legislativas de gran importancia, como es el caso del Código Penal,
con figuras de la comunicación social que, si bien tienen un papel legítimo que
desempeñar, no pueden sustituir al liderazgo político y legislativo en la toma
de decisiones sobre cuestiones de esta naturaleza. Los efectos de este tipo de
comportamiento político seguro se verán más adelante.
Desde luego, no es suficiente
con hacer una defensa de los partidos políticos si estos no se plantean
seriamente por qué su credibilidad se ha ido erosionando progresivamente.
La confianza que estos tienen
en su capacidad de operar con más ventaja que otros actores dado que cuentan
con aparatos políticos y electorales tiene límites, pues se producen
circunstancias en los que la sociedad los desborda y busca otros cauces de participación
cuyo remedio suele ser mucho peor que la enfermedad.
De ahí que se requiere con
cierto carácter de urgencia que los partidos políticos dominicanos tomen
perspectiva, comprendan las razones y las implicaciones de su debilitamiento y
pérdida de confianza como paso previo para hacer las reformas y renovaciones
necesarias que les permitan seguir desempeñando el papel crucial e
insustituible que les corresponde en un sistema democrático.
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