Abinader y el PRM: ahora o nunca
Millizen Uribe
En la política, como en la
vida, no hay plazo que no se cumpla. De ahí que este 16 de agosto el reloj haya
marcado uno ineludible para el gobierno del presidente Luis Abinader: se
avecina el final.
Aunque formalmente le quedan
dos años, 2027 será preelectoral y los aires de campaña terminarán añadiendo a
cada decisión un inevitable matiz electorero. Por eso, es ahora o nunca cuando
Luis Abinader terminará de definir su legado.
Y es que Abinader no tiene una
reelección propia que perseguir y cuenta con mayoría congresual. Si hay
decisiones difíciles que tomar, reformas que impulsar y costos políticos que
asumir, este es el momento.
Su legado no dependerá tanto
de las obras que inaugure de aquí a 2028, sino de si se atreve a enfrentar
problemas que la República Dominicana lleva décadas posponiendo. El gran
desafío es cómo pasar del crecimiento al desarrollo.
Pero para eso no basta con
remenear la mata, como ha hecho este fin de semana el presidente con varios
cambios de funcionarios. Cambiar nombres era necesario, pero un relanzamiento
del Gobierno no puede limitarse a un lavado de caras: tiene que ser un relanzamiento
de ideas, prioridades y resultados.
El que mucho abarca, poco
aprieta. Cuando apenas quedan dos años hay que escoger dónde poner la fuerza y
el capital político.
La responsabilidad también es
del PRM, que en 2028 tendrá que responder por lo que hizo y por lo que dejó
pendiente. Por eso insisto en una agenda básica para esta recta final.
Comencemos por la salud. ¿Será
verdad que un gobierno que completará ocho años concluirá sin materializar la
reforma pendiente a la Ley 87-01 de Seguridad Social? Hablamos de salud,
seguros y pensiones que impactan el bosillo y presupuesto familiar.
Otro tema vital es el caos del
transporte. Hay que reconocer las cuantiosas inversiones realizadas, pero
todavía no se traducen en orden en las calles. Para poner la casa en orden hay
que hacer cumplir las leyes de tránsito, sin populismo ni miedo al costo
político.
También está la reforma fiscal
integral, no simplemente nuevos impuestos. Probablemente sea la parte más
impopular de este artículo, pero como la opinión pública no es un concurso de
Miss Simpatía, hay que decirlo: el país necesita racionalizar gastos y exenciones,
controlar deuda y déficit y proteger a las clases media y a los más pobres.
Está, además, el sector
eléctrico. Aquí hay que ponerle el cascabel al gato: reducir las pérdidas de
las distribuidoras, mejorar las redes, cobrar la energía servida y garantizar
generación suficiente y confiable.
Y está la educación. Este país
avanzó cuando se vistió de amarillo y exigió el 4 % del PIB. Hay gente que se
arrepiente; yo no. Pero ahora toca pasar del 4 % a los resultados, superar la
política de la varilla y el cemento y lograr que nuestros niños aprendan a
leer, comprender y razonar matemáticamente. El próximo gran pacto educativo
debería ser por la calidad, no por el PIB.
Agrego la seguridad ciudadana
y la reforma policial. Han bajado los homicidios, pero eso no equivale a
transformar la Policía ni su cultura represiva. ¿Dejará Abinader una Policía
diferente o simplemente mejores estadísticas?
Y, por último, dos temas menos
“sexy” políticamente, pero fundamentales para el futuro: el agua y el
ordenamiento territorial. Ambos son desafíos que el país no puede seguir
postergando.
A Luis Abinader le quedan dos
años de gobierno, pero mucho menos tiempo político. Quizás esa sea su
oportunidad: gobernar con menos cálculos y más sentido de legado.
Porque los gobiernos, como los
hombres, no se juzgan únicamente por cómo empiezan. Muchas veces la historia
los recuerda por cómo terminan.
El reloj ya está corriendo. Y
cuando se detenga, la pregunta no será cuánto inauguró Luis Abinader, ni
cuántos funcionarios cambió, sino cuáles de los problemas que durante décadas
hemos pospuesto tuvo el valor de enfrentar y resolver.
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